Dentro de cinco días, el alienista metió a la Casa Verde a cerca de cincuenta aclamadores del nuevo gobierno. El pueblo se indignó. El gobierno, atolondrado, no sabía cómo reaccionar. João Pina, otro barbero, decía abiertamente en las calles que Porfírio estaba «vendido al oro de Simão Bacamarte», frase que congregó en torno de João Pina a la gente más resoluta de la villa. Porfírio, viendo a su antiguo rival de la navaja a la cabeza de la insurrección, comprendió que su derrota iba a ser irremediable si no daba un gran golpe; expidió dos decretos, uno aboliendo la Casa Verde, otro desterrando al alienista. João Pina demostró claramente, con grandes frases, que el acto de Porfírio era un simple adorno, un señuelo, en el que el pueblo no debía creer. Dos horas después, caía Porfírio ignominiosamente y João Pina asumía la difícil tarea del gobierno. Como había encontrado, en los cajones de los escritorios, las minutas de la proclamación, de la explicación al virrey y de otros actos inaugurales del gobierno anterior, se apresuró en hacerlos copiar y expedir; agregan los cronistas, y también se sobrentiende, que él les cambió los nombres, y donde el otro barbero había hablado de una municipalidad corrupta, este habló de «un intruso contaminado por las malas doctrinas francesas y en total desacuerdo con los sacrosantos intereses de Su Majestad», etc.
En esto, entró a la villa una fuerza mandada por el virrey y restableció el orden. El alienista exigió desde ese momento la entrega del barbero Porfírio y también la de unos cincuenta y tantos individuos que declaró mentecatos; y no solo le dieron a esos, sino también garantizaron entregarle otros diecinueve secuaces del barbero, que convalecían de las heridas originadas en la primera rebelión.
Este punto de la crisis de Itaguaí marca también el grado máximo de la influencia de Simão Bacamarte. Todo cuanto quiso, se le dio; y una de las más vivas pruebas del poder del ilustre médico, la encontramos en la prontitud con que los ediles, una vez restituidos a sus puestos, permitieron que Sebastião Freitas también fuera encerrado en el manicomio. El alienista, sabiendo de la extraordinaria inconsistencia de las opiniones de ese edil, concluyó que era un caso patológico y lo pidió. La misma cosa le pasó al boticario. El alienista, desde que le comentaron de la momentánea adhesión de Crispim Soares a la rebelión de los Canjicas, la cotejó con la aprobación que siempre había recibido de él, incluso en la víspera, y mandó capturarlo. Crispim Soares no negó el hecho, pero lo explicó diciendo que había cedido a una conmoción de terror, al ver la rebelión triunfante, y dio como prueba de ello la ausencia de cualquier otro acto suyo, añadiendo que había vuelto de inmediato a la cama, enfermo. Simão Bacamarte no lo contradijo; pero les dijo a los presentes que el terror también es padre de la locura, y que el caso de Crispim Soares le parecía de los más característicos.
Pero la prueba más evidente de la influencia de Simão Bacamarte fue la docilidad con que la municipalidad le entregó al mismísimo presidente. Este digno magistrado había declarado, en plena sesión, que no se contentaba, para lavarse de la afrenta de los Canjicas, con menos de novecientos litros de sangre; palabra que llegó a los oídos del alienista por boca del secretario de la municipalidad, quien se lo contó con gran entusiasmo. Simão Bacamarte comenzó por meter al secretario a la Casa Verde y luego fue a la municipalidad, a la cual declaró que el presidente estaba padeciendo de la «demencia de los toros», una clase de locura que él pretendía estudiar, con gran beneficio para los pueblos. La municipalidad al principio dudó, pero acabó cediendo.
De ahí en adelante fue una recolección desenfrenada. Un hombre no podía dar origen o curso a la más simple mentira del mundo, ni siquiera a aquellas que ridiculizan al propio inventor o divulgador, porque rápidamente era metido a la Casa Verde. Todo era locura. Los amantes de enigmas, los inventores de charadas, de anagramas, los maldicientes, los curiosos de la vida ajena, los que ponen todo su cuidado en su apariencia, uno u otro almotacén soberbio, nadie escapaba de los emisarios del alienista. Él respetaba a las enamoradas, pero no perdonaba a las enamoradoras, diciendo que las primeras cedían a un impulso natural, y las segundas a un vicio. Si un hombre era avaro o dadivoso, iba del mismo modo a la Casa Verde; a eso se debe el argumento de que no había regla para la completa sanidad mental. Algunos cronistas creen que Simão Bacamarte no siempre procedía con sinceridad, y citan, a favor de esa afirmación (que no sé si puede ser aceptada), el hecho de haber obtenido de la municipalidad una norma que autorizaba el uso de un anillo de plata en el dedo pulgar de la mano izquierda, a toda persona que, sin otra prueba documental o tradicional, declarara tener en las venas dos o tres onzas de sangre goda. Dicen esos cronistas que el fin secreto de su insinuación a la municipalidad fue enriquecer a un orfebre, amigo y compadre suyo; pero, si bien sea cierto que el orfebre vio prosperar su negocio después de la nueva ordenanza municipal, no lo es menos que esa norma dio a la Casa Verde una multitud de inquilinos; por lo que no se puede definir, con prudencia, el verdadero fin del ilustre médico. En cuanto a la razón determinante de la captura y alojamiento en la Casa Verde de todos quienes usaron el anillo, es uno de los puntos más oscuros de la historia de Itaguaí, la opinión más verosímil es que ellos fueron encerrados por andar gesticulando, por las puras, en las calles, en casa, en la iglesia. Nadie ignora que los locos gesticulan mucho. En todo caso, es una simple conjetura; no hay nada por seguro.
—¿Cuándo se va a detener este hombre? —decían los más prestigiosos de la villa. ¡Ah! Si nosotros hubiéramos apoyado a los Canjicas…
Un día por la mañana —día en que la municipalidad debía dar un gran baile— la villa entera quedó impactada con la noticia de que la propia esposa del alienista había sido metida a la Casa Verde. Nadie lo creía; debía ser una invención de algún pícaro. Y no era así: era la verdad pura. Doña Evarista había sido encerrada a las dos de la noche. El padre Lopes corrió donde el alienista y lo interrogó discretamente acerca de ese hecho.
—Ya desde hace un tiempo que yo desconfiaba —dijo seriamente el marido—. La modestia con que ella había vivido en ambos matrimonios no podía conciliarse con el impetuoso apego a las sedas, terciopelos, encajes y piedras preciosas que manifestó ni bien volvió de Río de Janeiro. Desde entonces comencé a observarla. Todas sus conversaciones eran sobre esos objetos; si yo le hablaba de las antiguas cortes reales, de pronto preguntaba por la forma de los vestidos de las damas; si una señora la visitaba, en mi ausencia, antes de decirme el motivo de la visita, me describía la vestimenta, aprobando algunas cosas y censurando otras. Un día, creo que Vuestra Reverendísima ha de acordarse, se propuso hacer anualmente un vestido para la imagen de Nuestra Señora de la iglesia matriz. Todos estos eran síntomas graves; pero esta noche se manifestó la total demencia. Había elegido, preparado, ornamentado el vestuario que llevaría al baile de la municipalidad; solo dudaba entre un collar de granates y otro de zafiros. Anteayer me preguntó cuál de los dos llevaría; le respondí que ambos le quedaban bien. Ayer me repitió la pregunta durante el desayuno; poco después del almuerzo, la encontré callada y pensativa. —¿Qué te ocurre? —le pregunté. —¡Quería llevar el collar de granates, pero es que el de zafiros es tan bonito! —Pues lleva el de zafiros. —¡Ah! ¿Pero qué hago con el de granates? —En fin, pasó la tarde sin novedades. Cenamos y nos acostamos. Por la madrugada, sería la una y media, me despierto y no la veo; me levanto, voy al vestidor, la encuentro delante de los dos collares, probándoselos al espejo, primero uno, luego el otro. Era evidente la demencia: la encerré en seguida.
El padre Lopes no se satisfizo con esa respuesta, pero no objetó nada. El alienista, sin embargo, lo notó y le explicó que el caso de doña Evarista era de «manía suntuosa», no incurable, y en todo caso, digno de estudio.
—Preveo que se repondrá dentro de seis semanas —concluyó él.
La abnegación del ilustre médico le dio gran realce. Conjeturas, invenciones, desconfianzas, todo aquello se fue al tacho, ya que él no dudó en recluir en la Casa Verde a su propia mujer, a quien amaba con todas las fuerzas de su alma. Nadie más tenía el derecho de oponérsele —menos aún el de atribuirle intenciones ajenas a la ciencia.
Era un gran hombre austero, Hipócrates revestido de Catón.
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