abejorro

  1. s.m. Ent. Nombre vulgar de un grupo de insectos correspondientes al género Bombus, familia de los ápidos (Apiariae), orden de los himenópteros o de alas membranáceas (ὑμήν, piel, membrana, y πτερόν, pluma, ala).

Los abejorros, análogamente a las abejas, viven en sociedades de hembras fecundas, hembras atrofiadas y machos. La colectividad no excede de 300 individuos; no hacen panales, y viven por lo común en rotondas excavadas en la tierra.

Las hembras fecundadas pasan el invierno adormecidas y sin tomar alimento en lugar resguardado del frío para continuar la especie al calor de la siguiente primavera; pero todos los demás individuos de la comunidad perecen en otoño, cumplida su misión de fecundar las plantas, al llevar, cuando buscan la miel, el polen de las flores machos a las flores hembras.

Cuando el tubo de la corola de la flor es muy largo y angosto, los abejorros, más avisados en esto que las abejas, perforan con la trompa el cáliz y la corola, hasta llegar al nectario.

Los abejorros (bombus) forman multitud de especies, que de cierto no bajan de 50. Algunos naturalistas las han dividido en tres clases, atendiendo al color dominante en ciertas partes de estos insectos: negro, amarillo o rojo. A la clase negra corresponden el bombus terrestris y el bombus hortorum (abejorro de los jardines), etc.: aunque negros, estos abejorros tienen el protórax amarillo de oro, y blancos los tres segmentos posteriores; miden 17 a 26 milímetros de largo, y son muy comunes en Europa. A la clase de señales amarillas pertenecen el bombus muscorum (abejorro de los musgos), común en los alrededores de París, de 8 milímetros a 20 de largo; y a la 3ª clase de señales rojas corresponden el bombus lapidarius, abejorro de las piedras; el bombus pratorum (abejorro de los prados), etc.

Aunque los abejorros llamados tipos gruñones, por su continuo y característico zumbido, no han sido aún estudiados con la exquisita y minuciosa prolijidad que sus industriosos parientes, las abejas, algo, sin embargo, se conoce ya de su vida, usos y costumbres.

En efecto, sábese que todos los abejorros deben su existencia a una hembra, ya fecundada, que, logrando vencer los rigores del invierno, guarda en su seno los embriones de su futura progenie hasta la primavera próxima. Esta madre, aunque lleva título más modesto que el de reina con que ordinariamente es conocida la hembra fecunda de las abejas, excede a esta en aptitudes. Fecundada, por lo general, a principios de otoño; aletargada durante el invierno, y vuelta a la vida con la influencia de los primeros rayos del sol primaveral, dedícase desde esta época a la triple tarea de arquitecto, ponedora y nodriza.

No se sabe cómo hace su nido; pues los que se le ha visto empezar han sido abandonados luego. De cualquier modo, los nidos excavados en tierra constan de dos partes: de un corredor largo, a veces de medio metro, cilíndrico, inclinado y tortuoso; y de una rotonda abovedada, tapizada de musgo cardado que estos insectos colocan y entretejen brizna a brizna. Cuando ya han crecido algunas neutras, el nido es ensanchado y cubierto interiormente con cera bruta, mezclada tan íntimamente al musgo, que no se puede desprender sin deteriorar el todo.

Entonces, la carda del musgo se efectúa entre muchos abejorros colocados en hilera: el primero desprende el musgo, y lo empuja hacia el que está detrás de él; el segundo abre las fibras, y las alarga al siguiente abejorro, empujándolas con las patas traseras; este perfecciona el trabajo, y lo pasa a otro insecto, y este a otro, y así sucesivamente, hasta que la hilera de abejorros ha reducido la materia prima a finísimos filamentos.

Regularmente estas excavaciones se encuentran en las orillas de los ríos y arroyos; pero no son todas enteramente iguales; ni aún las rotondas formadas por la misma raza de abejorros. Hay especies que no cavan sus refugios, sino que, en lugares donde la hierba es muy espesa, forman una rotonda abovedada muy resistente con musgos entrelazados a modo de esterillas y calafateados con cera.

Para criar su progenie, la hembra fecundada recoge de las flores polen y miel, con los cuales forma bolitas, y dentro de ellas pone de 3 a 30 huevos, abriendo para cada uno un agujero.

En esta laboriosa operación se apoya en su aguijón proyectado hacia fuera y deja deslizar a lo largo de este cada huevo. Las larvas, blancas y apodas, que de estos huevos nacen a los cuatro o cinco días, se van alimentando del conglomerado de miel y de polen, y la madre cuida de ir reponiendo el alimento que sus hijos consumen, actuando en esto como verdadera nodriza o proveedora de su familia.

Cuando hay ya obreras o hembras atrofiadas, estas cuidan de alimentar a las larvas, dispensando en parte de este trabajo a la madre. Los machos no alimentan a las larvas. Llegadas a su estado perfecto, las larvas se transforman en ninfas y se hilan un capullo sedoso y ovoideo. Empiezan a salir de sus capullos por los meses de mayo o junio y en seguida comienzan a compartir los trabajos de la familia. Por otoño la población llega a su máximum; pero a los primeros fríos, todos los abejorros perecen y solo quedan algunas madres fecundadas que en la primavera siguiente forman las nuevas colonias.

Durante mucho tiempo se creyó que los capullos tejidos por las larvas eran los alvéolos de los abejorros; pero ya no queda duda del error.

Al principio solo nacen trabajadoras de órganos sexuales enteramente atrofiados; luego hembras pequeñas que solo ponen huevos de macho (V. partenogénesis), y últimamente, cuando se acerca el otoño, las hembras grandes, únicas que, fecundadas por los machos, resisten el invierno.

La lengua de todos los abejorros es larga, y estirada alcanza, cuando menos, la longitud del cuerpo; los dos primeros artejos de los palpos labiales la encierran como en un tubo. En la coronilla se ven los ojuelos (ocelli) en una línea recta. El ala anterior tiene el mismo número de celdillas que en la abeja doméstica, pero la celda radical es más corta y en su parte anterior más angosta; la tercera celdilla cubital se estrecha más hacia el borde anterior del ala que hacia adentro y remata posteriormente en forma de arco. El macho se conoce por su cabeza pequeña, sus largas antenas y su abdomen estrecho.

Las hembras tienen aguijón; los machos no: las antenas de las hembras presentan 12 articulaciones y las tibias posteriores aplastadas poseen corbículas propias para recoger el polen de las flores, a estilo de las abejas: las antenas de los machos tienen 13 articulaciones, y en las tibias posteriores los machos carecen de corbículas. Las abejorros o hembras atrofiadas son más pequeñas que las hembras fecundadas y muy semejantes a estas. Las hembras pequeñas infecundas son desde luego celosas obreras que auxilian a sus madres en sus tareas de nidificación y en proveer de alimento a las futuras larvas. Dos son, pues, sus principales faenas: arreglar la casa y proporcionar el alimento a sus hermanos.

No hay, pues, en la familia humilde de los abejorros miembros realmente inútiles: las hembras fecundas proveen a la cría y sustento de sus hijos; las infecundas o neutras al cuidado de la casa y acarreando provisiones atienden especialmente a la fecundación de las hembras y a la perpetuación de la especie. A diferencia de lo que pasa en la colmena de las abejas donde nunca hay más de una reina, en la rotonda de los abejorros pueden existir muchas hembras fecundables.

Del 15 de septiembre al 15 de octubre próximamente, las hembras fecundables salen de sus nidos, y en algún punto, por lo común elevado, esperan al macho. Este, no bien ve volando a la hembra, se lanza impetuosamente hacia ella, pósase encima y aplicando la extremidad de su abdomen en la misma parte del de la hembra, saca al exterior órganos que antes permanecían ocultos y que introduce en la vulva de la hembra. Durante el apareamiento ambos experimentan convulsiones y estremecimientos de alas, que duran hasta un cuarto de hora. pasado este tiempo, redóblanse los movimientos de alas de la hembra y debilítanse por momentos los del macho. Al fin aquella coge a este con sus patas traseras y lo arroja de sí violentamente. El macho entonces cae al suelo y muere en el acto. Cumplida su misión, termina su existencia.

Las familias de los abejorros no son muy numerosas; en las mayores, que no parecen exceder de 300 insectos por cada cien individuos se calcula en 25 el número de los machos, en 15 el de las hembras fecundables y en 60 el de las obreras o trabajadoras.

Los abejorros, incapaces de las hábiles construcciones de las abejas, buscan como primera condición para sus nidos la cualidad de ocultos; de aquí también la dificultad de estudiar su vida y sus costumbres: un montón de tierra no ocupado aún por las hormigas, la galería de un topo, el agujero hecho en el suelo por un ratón, bástanles para construir su vivienda. Esta simplicísima construcción parece obedecer a dos fines principales: dificultar el acceso a los enemigos; y conservar en condiciones favorables la bola o pelota de miel en que nacen las larvas. Las crisálidas cuelgan sin arte sus capullos en la bóveda del nido.

Para guardar la miel hacen vasijas de cera: unos abejorros les dan la forma de medio huevo; otros las hacen a modo de cubo.

Los abejorros no merecen en modo alguno la calumnia de holgazanes con que han sido tachados por los que, en vista de su incesante zumbido, los reputaban vagos de profesión, sin otros oficio que el de aturdir los oídos. Wahlberg los ha visto en Laponia trabajar durante las noches claras de verano.

Créese que en cada nido hay una especia de trompetero que por la mañana sube a la bóveda, mueve sus alas durante un cuarto de hora y con ellas hace un ruido tal, que despierta a los habitantes y los llama al trabajo.

Los abejorros son, pues, buenos sujetos, y merecen plenamente este elogio de Michelet:

Les bourdons dans leur simplicité, ne sont pas sans industrie; ils ont des moeurs et des vertus.

¡Y vaya si las tienen! Huber, para acreditar la bondad de los abejorros, refiere el proceder de estos con sus enemigos. «En una caja, dice, coloqué, debajo de una colmena de abejas, un nido de abejorros. En tiempo de escasez, algunas abejas robaron las pocas provisiones del nido de los abejorros; a pesar de lo cual ellos siguieron trabajando sin descanso. Otro día estas necesitadas vecinas presentaron a los abejorros las trompas como pidiéndoles limosna, y lograron que ellos repartieran con ellas el contenido de su vejiga de miel. Los abejorros volvieron a salir, y a su vuelta volvieron a presentarse las abejas mendigas. Más de tres semanas habían pasado de esto, cuando unas avispas se presentaron también con idéntica pretensión que las abejas; pero entonces, amostazados ya los abejorros, abandonaron un nido de tan incómodos vecinos».

La índole excelente de estos insectos se manifiesta de mil modos. Entres las hijas y la madre se suelen armar reyertas domésticas; pero jamás tienen consecuencias, y las hembras fecundas no se persiguen a muerte como las reinas de las abejas.

Sin duda a causa de su carácter apacible y de sus buenas costumbres, los abejorros tienen formidables enemigos. El ratón campesino, la comadreja y la garduña destruyen sus nidos. Los llamados piojos de los abejorros y otros muchos parásitos se introducen en la morada de estos y les roban el alimento.

Otro enemigo más implacable aún combate a los abejorros. Aunque nuncios de la estación de las flores, la fantasía popular los considera como seguros profetas de desgracias y de malas nuevas: porque eso significa sin duda el negro color de las alas y el no menos fatídico zumbido. ¿Que lucen también a veces un color amarillo? Mayor prueba aún de que son mensajeros de desventuras: el color amarillo es el color de la enfermedad y de la muerte.

  1. Ent. Nombre vulgar con que también se designa un insecto coleóptero perteneciente al género Melolontha. V. gusano blanco.
Canasta
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