- Alb. y Arq.urb. Para construir un embaldosado sobre el suelo natural se comienza por sentar una capa de mortero de 15 cm a 20 cm de grueso, que se extiende y pone horizontal, tomando por nivel el umbral de las puertas, y encima se extiende otra de escombros finos, polvo y a veces de tierra tamizada, con 3 cm a 8 cm de espesor, que iguale la anterior, y resulte bien horizontal. Sobre este mullido se colocan a baño flotante de mortero las baldosas del contorno de la habitación que forman un marco de limitación llamado cinta, en cuya colocación hay que tener el mayor cuidado para que queden en un plano perfectamente horizontal, a cuyo objeto se comprueba con frecuencia su posición por medio de un reglón de metro y medio de largo y un nivel. Hecho esto, se comienza el cuajado del pavimento, empezando por un ángulo, y comprobando la posición de las baldosas de relleno con las de la cinta por el reglón, que se apoya sobre los dos lados contiguos de esta, de manera que el relleno se lleva según líneas oblicuas. Cuando resultan estas muy largas, se coloca primero en la parte central una baldosa que sirve de maestra o guía, y cuya altura se fija apoyando sobre ella un extremo del reglón y el otro sobre la cinta, y comprobando con el nivel. Siempre es conveniente comprobar además la posición de ciertas líneas, y debe cuidarse que los soladores ejecuten su trabajo desde la parte no embaldosada para que no deformen lo que van construyendo.
Para el asiento de las baldosas y sus mutuas uniones suele usarse el yeso, y con objeto de que no fragüe con demasiada rapidez se le amasa bastante fluido, y a veces se le mezcla con alguna cantidad de hollín. Es conveniente que el yeso de las juntas no llegue a la superficie, y para ello suelen hacerse las baldosas en forma de troncos de pirámide en vez de prismas, con lo que las juntas aparecen lo más estrechas posible. Si los embaldosados han de estar a la intemperie, como los de patios y azoteas, hay que reemplazar el yeso con morteros de cemento o cal hidráulica, según los casos; pero cuando se encuentran a cubierto y no se requiere mucho esmero, pueden emplearse hasta morteros de arcilla.
La figura 1 representa un embaldosado a medio hacer con baldosas hexagonales.


Cuando el embaldosado hay que sentarlo sobre un techo, hay que entablar este (fig. 2), poner luego el mullido y encima sentar las baldosas, cogiéndolas con mezcla. En algunos pisos el entablado solo se pone entre las vigas, apoyado en tacos, y se rellena con el mullido hasta enrasar las vigas (fig. 3).

Úsanse también baldosas de mármol, pizarra y alabastro para salas y otras habitaciones de algún lujo; se cogen con mortero hecho de yeso, cal y arena. La figura 4 deja ver dos ejemplos de combinaciones que pueden hacerse con baldosas que se hallan en el comercio: la primera es de baldosas octagonales blancas, con pequeñas cuadradas negras; la segunda, con baldosas rombales de cuatro tonos de colores variados.

Las combinaciones que se pueden producir con las variaciones de colores de las baldosas son infinitas y prestan gran campo al gusto del artista; pero las geométricas son solamente siete, pues el problema se reduce a formar cuatro ángulos rectos con ángulos de polígonos, y solo los regulares o semirregulares se prestan a la resolución.
Las soluciones que presentan son las siguientes:
- Como el ángulo del triángulo equilátero vale 60º, con seis se forman 360º o cuatro rectos. De aquí resulta un dibujo formado solo por triángulos.
- Cuatro ángulos de cuadrado valen también cuatro rectos, lo que produce el enlosado común.
- Tres ángulos de hexágono regular valen igualmente 360º, de cuya combinación resulta un embaldosado muy bonito.
- Dos ángulos de triángulo y dos de hexágono forman cuatro rectos. En esta combinación, si los triángulos no son de distinto color, resulta la anterior.
- Cuatro ángulos de triángulo y uno de hexágono componen la misma forma, con igual observación que acabamos de hacer.
- Y, por último, tres ángulos de triángulo y dos de cuadrado forman asimismo cuatro rectos.
Estas son las únicas combinaciones posibles con polígonos regulares, y por esto las baldosas no tienen más formas que las del triángulo, el cuadrado y el hexágono. Se ven, sin embargo, en el comercio otras formas, distintas al parecer, especialmente en los baldosines, pero todas ellas no son más que la unión de dos triángulos equiláteros de igual color, de que resulta el rombo, o la división en tres colores del hexágono, tomando sus triángulos de dos en dos.
Los romanos usaron mucho, en los interiores, embaldosados de mosaicos hechos con pequeños cubos de mármol de colores variados, formando vistosos dibujos. Algunas salas las enlosaban (V. enlosado); a veces también solaban con ladrillos puestos de plano o de canto.
En la Edad Media se empleó el barro cocido para pavimentar el piso de las iglesias.

Los arquitectos del siglo XII formaron mosaicos por medio de baldosas variadas de colores, pero de un solo tono cada una; las más usadas fueron negras, verdes, rojas, amarillas y blancas. Ofrecían estos pavimentos el aspecto de anchas fajas separadas por tiras más estrechas. A las baldosas coloradas en su masa sucedieron en el siglo XIII las provistas de incrustaciones de barro de distintos colores y las de dibujo en hueco hecho antes de su cocción. Estos dibujos formaban un tema en cada baldosa (fig. 5), o se reunían cuatro para formarlo (fig. 6), y en ocasiones hasta dieciséis.

En el siglo XIV se esparció por algunas naciones del extranjero el empleo de los azulejos, ya usados de antiguo en Italia y España.
