Era el turno de la terapéutica. Simão Bacamarte, activo y sagaz en descubrir enfermos, se excedió hasta en la diligencia y perspicacia con que comenzó a tratarlos. En este punto todos los cronistas están en total acuerdo: el ilustre alienista hizo curaciones pasmosas, que enardecieron la más viva admiración en Itaguaí.
En efecto, era difícil imaginar un sistema terapéutico más racional. Con los locos divididos por clases, según la perfección moral que en cada uno de ellos excedía a las otras, Simão Bacamarte procuró atacar de frente la cualidad predominante. Imaginemos a un modesto. A él le aplicaba el medio curativo que pudiera infundirle la cualidad contraria; y no iba en seguida a las dosis máximas —las graduaba, conforme el estado, la edad, el temperamento, la posición social del enfermo. A veces bastaba un frac, una insignia, una cabellera postiza, un bastón de mando, para devolverle la razón al alienado; en otros casos, la enfermedad era más rebelde; recurría entonces a los anillos de diamantes brillantes, a las distinciones honoríficas, etc. Hubo un enfermo, poeta, que resistió todo. Simão Bacamarte comenzaba a perder las esperanzas de encontrar la cura, cuando tuvo la idea de mandar retumbar la matraca, con el fin de pregonarlo como un rival de Garção y de Píndaro.
—Fue un santo remedio —le contaba la madre del infeliz a una comadre—; fue un santo remedio.
Otro enfermo, también modesto, opuso la misma rebeldía al medio curativo; pero, como no era escritor (apenas sabía firmar su nombre), no se le podía aplicar el remedio de la matraca. Simão Bacamarte sugirió pedir para él el puesto de secretario de la Academia de los Encubiertos, establecida en Itaguaí. Los puestos de presidente y secretarios eran de nombramiento real, por especial gracia del difunto rey don João V, e implicaban el trato de «Excelencia» y el uso de una placa de oro en el sombrero. El gobierno de Lisboa rechazó esa designación; pero, luego de que el alienista evidenciara que no lo pedía como premio honorífico o distinción legítima, sino solo como un medio terapéutico para un caso dificultoso, el gobierno cedió excepcionalmente a su súplica; y, aun así, no lo logró hacer sin el extraordinario esfuerzo del ministro de marina y ultramar, que venía a ser primo del alienado. Fue otro santo remedio.
—¡Realmente es admirable! —se decía en las calles, al ver la expresión sana y vanidosa de los dos exdementes.
Tal era el sistema. Imagínese el resto. Cada belleza moral o mental era atacada en el punto en que la perfección parecía más sólida; y el efecto era infalible. No siempre era infalible. Hubo casos en que la cualidad predominante resistía todo; entonces, el alienista atacaba otra parte, aplicando a la terapéutica el método de la estrategia militar, que toma una fortaleza por un punto, si por otro no lo puede conseguir.
Al cabo de cinco meses y medio, estaba vacía la Casa Verde; ¡todos curados! El edil Galvão, tan cruelmente afligido de moderación y equidad, tuvo la fortuna de perder un tío; digo fortuna, porque su tío dejó un testamento ambiguo, y él consiguió una interpretación favorable, corrompiendo a los jueces y engañando a los otros herederos. La sinceridad del alienista se manifestó en ese suceso; confesó ingenuamente que no tuvo nada que ver en la cura: fue la simple vis medicatrix de la naturaleza. No pasó lo mismo con el padre Lopes. Como el alienista sabía que él ignoraba perfectamente el hebraico y el griego, le encargó hacer un análisis crítico de la versión de los Setenta; el padre aceptó el encargo, y oportunamente lo realizó; al cabo de dos meses poseía un libro y la libertad. En cuanto a la señora del boticario, no se quedó por mucho tiempo en la celda que le tocó, y en donde además no le faltaron muestras de afecto.
—¿Por qué Crispim no viene a visitarme? —decía ella todos los días.
Le respondían bien una cosa, bien otra; al final le dijeron toda la verdad. La digna matrona no pudo contener la indignación y la vergüenza. En sus explosiones de cólera se le escaparon expresiones sueltas y vagas, como estas:
—¡Tramposo!… ¡Bellaco!… ¡Ingrato!… Un canalla que se ha enriquecido a costa de ungüentos falsificados y podridos… ¡Ah! ¡Tramposo!…
Simão Bacamarte percibió que, aunque no fuera cierta la acusación contenida en estas palabras, bastaban para demostrar que la excelente señora estaba, finalmente, devuelta al perfecto desequilibrio de sus facultades; y prontamente le dio de alta.
Ahora, si imagina que el alienista quedó lleno de júbilo al ver salir al último huésped de la Casa Verde, entonces demuestra que aún no conoce a nuestro hombre. ¡Plus ultra! era su lema. No le bastaba haber descubierto la teoría verdadera de la locura; no lo contentaba el haber establecido en Itaguaí el reinado de la razón. ¡Plus ultra! No quedó alegre, quedó preocupado, absorto; algo le decía que la teoría nueva tenía, en sí misma, otra y novísima teoría.
—Veamos —pensaba él—; veamos si llego finalmente a la verdad definitiva.
Decía esto, paseando a lo largo de la vasta sala, donde fulguraba la más rica biblioteca de los dominios ultramarinos de Su Majestad. Una ancha bata de tela de Damasco, atada a la cintura por un cordón de seda, con borlas de oro (obsequio de una universidad) envolvía el cuerpo majestuoso y austero del ilustre alienista. La cabellera postiza le cubría una extensa y noble calva adquirida en sus cavilaciones cotidianas sobre la ciencia. Sus pies, no delgados y femeninos, no inmensos y rústicos, más bien proporcionales a su cuerpo, eran abrigados por un par de zapatos cuyas hebillas no pasaban de estar hechas de simple y modesto latón. Vea la diferencia: solo se le notaba lo lujoso en aquello que era de origen científico; lo que propiamente venía de él traía el color de la moderación y de la sencillez, virtudes tan propias del carácter de un sabio.
Era así que él iba, el gran alienista, de un cabo a otro de la vasta biblioteca, ensimismado, ajeno a todas las cosas que no eran parte del tenebroso problema de la patología cerebral. De pronto, se detuvo. De pie, delante de una ventana, con el codo izquierdo apoyado en la mano derecha, abierta, y el mentón en la mano izquierda, cerrada, se preguntó:
—¿Pero de veras estarían ellos locos y fueron curados por mí… o lo que pareció ser una cura no fue más que el descubrimiento del perfecto desequilibrio del cerebro?
Y cavando por ahí abajo, llegó al resultado siguiente: los cerebros bien organizados que él acababa de curar eran tan desequilibrados como los otros. «Sí», decía él para sí, «yo no puedo tener la presunción de haberles infundido una cualidad o una facultad nueva; una cosa y la otra existían en el estado latente, pero existían».
Después de haber llegado a esta conclusión, el ilustre alienista tuvo dos sensaciones opuestas, una de gozo, otra de abatimiento. La de gozo fue por ver que, al cabo de largas y pacientes investigaciones, constantes trabajos y una gran lucha contra el pueblo, podía afirmar esta verdad: no había locos en Itaguaí. Itaguaí no poseía ni un solo mentecato. Pero ni bien esta idea le había enardecido el alma, apareció otra que neutralizó el primer efecto; fue la idea de la duda. ¿Cómo así? ¿Acaso Itaguaí no tendría ni un único cerebro equilibrado? ¿Esta conclusión tan absoluta no sería por eso mismo errónea, y no llegaría, por lo tanto, a destruir la gran y majestuosa estructura de la nueva doctrina psicológica?
La aflicción del ilustre Simão Bacamarte es definida por los cronistas itaguayenses como una de las más funestas tempestades morales que han caído sobre el hombre. Pero las tempestades solo aterran a los débiles; los fuertes se robustecen contra ellas y acechan el trueno. Veinte minutos después, la fisionomía del alienista fue iluminada por una suave claridad.
«Sí, ha de ser eso», pensó él.
Eso es esto. Simão Bacamarte encontró en él mismo las características del perfecto equilibrio mental y moral; le pareció que poseía la sensatez, la paciencia, la perseverancia, la tolerancia, la veracidad, el vigor moral, la lealtad, todas las cualidades, en fin, que pueden formar un completo mentecato. Dudó en seguida, es cierto, y llegó incluso a concluir que se trataba de una ilusión; pero, como era un hombre prudente, decidió convocar un consejo de amigos, al que interrogó con franqueza. La opinión fue afirmativa.
—¿Ningún defecto?
—Ninguno —dijo en coro la asamblea.
—¿Ningún vicio?
—Nada.
—¿Plenamente perfecto?
—Así es, plenamente.
—No, imposible —bramó el alienista—. Digo que no siento en mí esa superioridad que acabo de intentar definir con tanta magnificencia. La simpatía está hablando por vosotros. Me estudio y no encuentro nada que justifique los excesos de vuestra bondad.
La asamblea insistió; el alienista refutó; finalmente el padre Lopes explicó todo con este concepto digno de un observador:
—¿Sabe la razón por la que no ve sus elevadas cualidades, que además todos nosotros admiramos? Es porque tiene incluso una cualidad que realza las otras: la modestia.
Fue determinante. Simão Bacamarte agachó la cabeza, juntamente alegre y triste, incluso más alegre que triste. Acto seguido, se encerró en la Casa Verde. En vano, su mujer y sus amigos le dijeron que se quedara, que estaba perfectamente sano y equilibrado: ni ruegos ni consejos ni lágrimas lo detuvieron un solo instante.
—La cuestión es científica —decía él—; se trata de una nueva doctrina, cuyo primer ejemplo soy yo. Reúno en mí mismo la teoría y la práctica.
—¡Simão! ¡Simão! ¡Mi amor! —le decía su esposa con el rostro bañado en lágrimas.
Pero el ilustre médico, con los ojos llameantes de convicción científica, trancó sus oídos a la añoranza de su mujer y blandamente la llevó afuera. Cerrada la puerta de la Casa Verde, se entregó al estudio y a la cura de sí mismo. Dicen los cronistas que él murió de ahí a diecisiete meses, en el mismo estado en que había entrado, sin haber podido lograr nada. Algunos llegan al punto de conjeturar que nunca hubo otro loco aparte de él en Itaguaí; pero esta opinión, basada en un rumor que corrió desde que el alienista falleció, no tiene otra prueba más que el mismo rumor; y además es un rumor dudoso, pues es atribuido al padre Lopes, que con tanta vehemencia había realzado las cualidades del gran hombre. Sea como fuere, se llevó a cabo el entierro con mucha pompa y extraordinaria solemnidad.
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