Veinticuatro horas después de los eventos narrados en el capítulo anterior, el barbero salió del palacio del gobierno —fue la denominación dada al local de la municipalidad— con dos subordinados, y se dirigió a la residencia de Simão Bacamarte. No ignoraba él que era más decoroso para el gobierno mandarlo llamar; pero el recelo de que el alienista no llegara a obedecer, lo obligó a mostrarse tolerante y moderado.
No describo el terror del boticario al oír decir que el barbero iba hacia la casa del alienista. «Va a arrestarlo», pensó él. Y se multiplicaron sus angustias. En efecto, la tortura moral del boticario en aquellos días de revolución excede a toda descripción posible. Nunca un hombre se encontró en tan crítica situación: su cercanía con el alienista lo llamaba hacia el lado de este, la victoria del barbero lo atraía hacia el barbero. Ya la simple noticia de la sublevación le había sacudido fuertemente el alma, porque él sabía de la unanimidad del odio al alienista; pero la victoria final fue también el golpe final. Su esposa, señora varonil, amiga íntima de doña Evarista, decía que el lugar de su marido era al lado de Simão Bacamarte; al paso que el corazón le rugía que no, que la causa del alienista estaba perdida, y que nadie, por decisión propia, se amarra a un cadáver. «Lo hizo Catón, es cierto, sed victa Catoni», pensaba él, rememorando algunas prédicas habituales del padre Lopes; «pero Catón no se ató a una causa vencida, él era la propia causa vencida, la causa de la república; su acto, por lo tanto, fue de egoísta, de un miserable egoísta; mi situación es otra». Pero, como su mujer insistía, Crispim Soares no encontró otra salida en tal crisis sino la de enfermarse; se declaró indispuesto y se metió a la cama.
—Allá va Porfírio a la casa del doctor Bacamarte —le dijo su mujer, al día siguiente, a la cabecera de la cama—; va acompañado de gente.
«Va a arrestarlo», pensó el boticario.
Una idea trajo otra; el boticario imaginó que, una vez preso el alienista, vendrían también a buscarlo a él, en calidad de cómplice. Esta idea fue el mejor de los remedios. Crispim Soares se irguió, dijo que estaba bien, que iba a salir; a pesar de todos los esfuerzos y protestas de su cónyuge, se vistió y salió. Los viejos cronistas son unánimes en decir que la seguridad de que su marido iba a colocarse noblemente al lado del alienista consoló enormemente a la esposa del boticario; y señalan, con mucha perspicacia, el inmenso poder moral de una ilusión; puesto que el boticario caminó decididamente hacia el palacio del gobierno, no hacia la casa del alienista. Al llegar allí, se mostró sorprendido de no ver al barbero, a quien iba a presentar sus promesas de apoyo, pues no lo había hecho desde la víspera por estar enfermo. Y tosía con algún esfuerzo. Los altos funcionarios que le oían esta declaración, conocedores de la intimidad del boticario con el alienista, comprendieron toda la importancia de la nueva adhesión, y trataron a Crispim Soares con refinado cariño; le aseguraron que el barbero no tardaba; Su Señoría había ido a la Casa Verde, por asuntos importantes, pero no tardaba. Le dieron una silla, refrescos, elogios; le dijeron que la causa del ilustre Porfírio era la de todos los patriotas; a lo que el boticario iba repitiendo que sí, que nunca había pensado otra cosa, que justamente eso mandaría declarar Su Majestad.
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