hebreo, a

  1. adj. Aplícase, como israelita y judío, al pueblo de Dios (llamado así primitivamente). Apl.pers., u.t.c.s.

De la (lengua) caldea fue inventor primero
Abrahán, de la hebrea Moisés santo,
Si bien antes tenían los hebreos
La letra de Fenicia; etc.

Lope de Vega

Dicen los hebreos que en tiempo de Enós comenzó la idolatría y adoración de los dioses fingidos, etc.

Malón de Chaide
  1. adj. Perteneciente, o relativo, a dicho pueblo.

Acuérdome haber dicho arriba que los nombres propios de la lengua hebrea por la mayor parte tienen misterio.

Sigüenza

[…]; la (lengua) hebrea, con ser madre de todas, de todas heredó después algunas voces, etc.

Feijóo
  1. adj. Dícese, como israelita y judío, del que aún profesa la ley de Moisés. U.t.c.s.
  2. adj. Perteneciente, o relativo, a los que profesan dicha ley.
  3. s.m. Lengua de los hebreos, una de las semíticas.

Señalábanse en ella […] el maestro Zamora, autor de una gramática griega estimada; […] don Gaspar de Candamo, catedrático de hebreo.

Quintana
  1. fig. y fam. Mercader.
  2. fig. y fam. Usurero.

[…] me mantuve firme, y le fue preciso ceder al hebreo mediante una honesta gratificación, etc.

Larra
  1. Lengua hebrea: Filol. Pertenece a la familia de las llamadas semíticas, porque los pueblos principales que las hablaron procedían, según la tradición, del patriarca Sem, o estuvieron unidos con los del linaje de este. La primera cuestión que se presenta al ocuparse en la lengua hebrea, como en otra cualquiera, es la de su antigüedad. Claudio Duret, en uno de los capítulos de su Tesoro de la historia de las lenguas de este Universo, expone con la mayor formalidad que los ángeles, arcángeles y querubines cantaban en los cielos alabanzas a Dios en hebreo; otros se contentan con ponerlo en boca del Señor, de Adán y de Eva en el Paraíso, afirmando que fue la única lengua que se habló hasta la construcción de la célebre torre de Babel, y no falta quien, por el contrario, alegue que de todas las lenguas hermanas habladas por los semitas la hebrea fue la más moderna. De ordinario se considera como la primogénita entre tales lenguas, en razón de la antigüedad de los monumentos que de ella se conservan; pero poseídos hoy otros más antiguos merced a los progresos en la interpretación de las inscripciones cuneiformes y de los jeroglíficos egipcios, hay que reconocer la prioridad del asirio, y aun del egipcio, que hasta cierto punto, por lo que toca a raíces y a procedimientos, puede estimarse como verdadero idioma de índole semítica.

Orígenes, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Bochart, Buxtorf y muchos otros creían en la originalidad del hebreo, ya porque en ningún lenguaje como en él los nombres de los animales expresan la naturaleza y las propiedades de cada especie, ya por la significación perfectamente adecuada que los nombres propios de los personajes de la Biblia tienen en tal idioma. Los de Adán, de adamáh (tierra), Eva, de hayáh (vida), y otros muchos parecían darles la razón; pero desde Grocio se admite que son infinitamente más los nombres que se explican por otras lenguas orientales. Probablemente el hebreo es muy posterior a Abraham.

Cuanto a la escritura hebrea, la tradición atribuye su fundación a Moisés. Qué caracteres usaban primero los hebreos, ha sido también causa de larga controversia. Quizá en remotos tiempos fueron los del alfabeto fenicio en forma muy semejante a la del demótico egipcio; pero si se atiende a que los documentos conservados de esta escritura no son anteriores al siglo IX antes de Jesucristo, en tanto que Moisés, según la tradición, y Jerobaal o Gedeón, escribieron muchos años antes en lengua hebrea, parece racional atribuirles una escritura de origen fenicio, de condición particular más o menos próxima, pero afín a la que se denomina samaritana, ya que la de esta es la forma reconocida como más antigua del alfabeto hebreo, sin negar por tanto que en los monumentos de Saba y en otros existan ya indicaciones suficientes de un alfabeto que precedió de un modo casi inmediato al posterior cuadrado llamado también caldeo. Algunos escritores suponen los alfabetos quebrado (samaritano) y cuadrado (caldeo) de una misma fecha. En sentir de tales autoridades, servía el uno exclusivamente para hacer las copias de los libros santos, mientras que el otro se aplicaba a los usos particulares; como quiera que esta afirmación haya hecho poca fortuna entre los eruditos, generalmente se cree que el cuadrado no se empleó hasta Esdras, que con dicho linaje de caracteres mandó copiar las Sagradas Escrituras, en virtud de haberse olvidado los hebreos de su antigua escritura durante el cautiverio, y de parecerle más fácil en la nueva forma. El carácter hebreo redondo o rabínico es muy posterior; generalizóse en España en el siglo X, y la venida de algunos orientales introdujo en él letras que habían servido en el alfabeto zendo o pahlavi, como la que representa el shin o S.

Cuenta el alfabeto hebreo con veintidós letras, todas estimadas como consonantes. Masclef cuenta entre estos signos seis vocales; mas en realidad había al principio seis letras que ejercían alternativamente los valores de consonante y de vocal, como se demuestra en la transcripción de las antiguas Éxaplas. Los hebreos de Tiberíades introdujeron signos vocales distintos de las letras del alfabeto, por una manera de puntuación encima y debajo de las consonantes, acentos o sistema de modulación para la lectura de las palabras hebraicas. Durante los primeros tiempos del Islam, los judíos que vivían bajo la dominación árabe continuaron el empleo de tres puntos vocales, costumbre seguida hasta el siglo X, época en que algunos gramáticos señalaron siete vocales, a semejanza del alfabeto griego, según se muestra también en los tratados gramaticales de Abu al-Walid Marwan ibn Janah, que floreció en el XI. En tiempo de los Kimhi se generalizó el empleo de diez signos vocales, cinco breves y cinco largos, sistematizándose y completándose la masora hebrea.

Considerando bajo el punto de vista etimológico los signos que componen el alfabeto hebreo, pueden estos dividirse en dos clases: signos o letras radicales, que se emplean solo para formar la raíz de las palabras, y letras serviles, que son susceptibles de llegar a servir para formar la raíz expresada, aunque comúnmente sirven más bien para expresar las relaciones secundarias que, en unión de la idea que la raíz encierra, facilita la comprensión de la palabra. Para investigar la raíz de una palabra cualquiera es necesario separar las serviles, y, a veces, restablecer una radical que con la inflexión ha desaparecido.

Consta el hebreo solo de dos géneros: masculino y femenino, utilizándose este para representar el neutro de las lenguas que lo tienen. Los números son tres, pero el dual solo sirve para significar objetos dobles por naturaleza, v.g., los dos ojos. El nombre es indeclinable, reemplazándose las desinencias por las preposiciones o por el artículo en forma de prefijo, y los pronombres se dividen en separados y afijos; los primeros constituyen el asunto del discurso; los segundos representan el genitivo o posesivo, el dativo o el acusativo, según se hallen formando complemento de un nombre, de una preposición o de un verbo. El pronombre nominativo es poco usado.

Como el arábigo, el verbo hebreo permite en sus segundas y terceras personas la distinción de masculino y femenino, pero sus tiempos personales se limitan a dos: el pretérito y el futuro, sirviendo el uno y el otro para indicar el presente. El imperativo no tiene más que segunda persona, y tanto el participio como el infinitivo pueden considerarse como nombres. Realmente solo existe una conjugación, dado que los verbos hebreos pueden revestirse de siete formas especiales que modifican su sentido; estas formas son designadas por los gramáticos con las palabras pa’al, nif’al, pi’el, pu’al, hif’il, hof’al e hitpa’el, derivadas de la primera: él ha hecho. Merece observarse la particularidad de que los verbos hebreos no se nombren por el infinitivo como los nuestros, sino por la tercera persona del pretérito, que ellos tienen por la raíz verbal en su estado más puro.

Cuenta la lengua hebrea como partículas el adverbio, la preposición, la conjunción, la interjección y el pronombre relativo, y carece casi por completo de adjetivos, que sustituye con participios y sustantivos. Estos representan papel importante, puesto que también sirven para reemplazar a los adverbios, siendo más común leer en hebreo «pelear con fiereza» que «pelear fieramente»; «estudiar con detenimiento» que «estudiar detenidamente». Cuando el aumentativo, el diminutivo y el superlativo no existen, sustituyen los primeros con ciertos giros del lenguaje, v.g., «sabio de los sabios», y al segundo con la repetición del positivo: «Santo, santo, santo es el Señor».

Advierte el abate Ladvocat que en la lengua hebrea el escritor pasa continuamente, y casi sin notarlo, del singular al plural, del futuro al pretérito, del imperativo al infinitivo, etc., y acusa a esta lengua de una falta de precisión que permite multitud de ambigüedades.

Las vicisitudes por que ha pasado el pueblo hebreo no podían menos de afectar a su lenguaje, y este hubo de dividirse en numerosos dialectos. Adelung afirma que ya en tiempo de los Jueces no era el mismo hebreo el que se hablaba en los dos lados del Jordán; pero desentendiéndonos de su opinión, señalaremos que la lengua hablada tuvo que corromperse con el trato de los extraños, sobre todo de los arameos, y dar lugar a dos clases de hebreo: el hebreo de los textos y el vulgar. Los vestigios que del caldeo, y aun del persa, se notan en las producciones posteriores al destierro son numerosas, y no cabe duda de que en los tiempos de los macabeos el hebreo puro había desaparecido para dar lugar al hebreo-caldeo y al sirio-caldeo. Al lado de estos dialectos, y como siete siglos antes de nuestra era, aparece con cierta individualidad el llamado hebreo samaritano, singular mezcla de los lenguajes de las gentes que enviase Nínive a colonizar el antiguo reino de Israel, y del que poseían los hebreos que habían continuado en él y en Caldea. No fue este el último. En el siglo X, y principalmente entre los rabinos españoles, fórmase el llamado hebreo moderno o rabínico, en el cual, aunque entró como principal elemento el hebreo y caldeo, no ha llegado así hasta nosotros, pues el latín, el árabe, el castellano, el francés, el alemán, el griego, en una palabra, todas las lenguas propias de los países donde habita o ha habitado la desdichada raza, tienen en él representación más o menos importante, dándose el caso, como afirma Renán, de que rabinos de Alemania y Polonia tengan y disfruten, como puramente hebreas, palabras del más castizo árabe, español o portugués, o a lo menos que confundan con el talmud estos dos últimos idiomas, designando la versión de hebreo a sus respectivos lenguajes con el característico nombre de ladino.

1. adj. Natural de Brea (Zaragoza). U.t.c.s. ‖ Perteneciente o relativo a dicha población española.

2. s.m. pl. Etn. e Hist. V. Judío.

Carta a los hebreos

Hist.ecl. Última de las cartas de San Pablo, la cual se incluye en casi todas las ediciones de la Biblia. Algunos han atribuido este documento a distintos autores, entre los cuales se cita a San Bernabé, a San Lucas y al papa San Clemente; pero los santos padres, unánimemente, la atribuyen a San Pablo. Las dudas sobre su autenticidad partieron de los herejes de los primeros siglos, y han sido renovadas por los modernos protestantes y racionalistas. El texto de esta carta es un compendio de la doctrina del Apóstol sobre las relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos.

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