cábala

  1. s.f. Tradición oral que entre los judíos explicaba y fijaba el sentido de la Sagrada Escritura, ya en lo moral y práctico, ya en lo místico y especulativo.
  2. Arte vano y supersticioso practicado por los judíos, el cual consiste en valerse de anagramas, transposiciones y combinaciones de las letras hebraicas y de las palabras de la Sagrada Escritura con el fin de descubrir o averiguar su sentido oculto. La cábala servía de fundamento a la astrología, la nigromancia y demás ciencias ocultas.

Hay unos que tienen una regla a manera de la cábala, aunque más parece arte mágica.

Luis de Mármol

Hasta que se le reconoció que se metía a profeta con predicciones de cosas futuras, sacadas de los misterios de la cábala, de las quimeras de los rabinos y de las direcciones astrológicas.

Bartolomé Alcázar
  1. fig. Cálculo supersticioso para acertar o adivinar una cosa.
  2. fig. y fam. Enredo, maraña, negociación secreta y artificiosa.
  3. Liter. Contra la doctrina recibida de Dios por Adán y transmitida por él, según los israelitas, a sus hijos y perpetuada por los doctores judíos para la acertada interpretación de la ley, y en general contra la autoridad en la interpretación, alzó bandera Maimónides en su Guía de los extraviados, no sin promover seria protesta de su compatriota y coetáneo Abraham ben David, quien compuso su obra Sefer ha-Cábala (Libro de la Cábala) para dar cuenta de los doctores eminentes que habían recibido la tradición desde Adán hasta él, circunstancia que le lleva a dar noticias muy interesantes sobre los maestros españoles que le han precedido, constituyendo una fuente peregrina y de mucho precio para la historia de España. Con el mismo fin escribieron otros distinguidos hebreos varias obras, señalándose entre ellos Zacuto con su Yuhasín (Cronología), Gedaliah ben Yahía con su Shalshelet ha-Qabbalah (Cadena de la Cábala), ambos sefardíes o españoles, y el rabino alemán David Ganz con su Tzemach David (resumen de Historia).

Especialmente se entiende por cábala y cabalismo la interpretación de doctrinas misteriosas en las narraciones de la Biblia y del Talmud. R. Eleazar fijó treinta y dos reglas agádicas de interpretación que pueden reducirse a estas trece:

  1. El notaricón, o procedimiento de descomposición, por cuyo medio se forman palabras enteras de cada letra de una, o se divide una palabra en dos.
  2. Transposición de letras para formar otras palabras.
  3. Gematría, o adición del valor numérico de las letras de una o muchas palabras para sustituirlas con una o varias palabras distintas cuyo valor numérico sea idéntico.
  4. La forma de las letras. Por ejemplo, el Pentateuco comienza por bet, letra formada de tres rasgos y equivalente a tres vaws.
  5. Combinación entre el principio, el medio y el fin de las palabras. Por este procedimiento se combinan las iniciales de muchas palabras, o las medias o las finales, formando palabras nuevas.
  6. Sustitución de una letra u otra por medio de alfabetos compuestos por orden inverso o alterado.
  7. Presencia de la vocal que acompaña a la consonante o supresión de ella.
  8. Reunir lo separado o separar lo reunido tratándose de palabras enteras.
  9. Lectura en discordancia con el texto es a saber: supliendo o callando.
  10. Uso alterado de letras grandes y pequeñas.
  11. Permutación de letras.
  12. Cambio de puntuación.
  13. Cambio de acentos tónicos.

El cabalismo tuvo grandes partidarios en España, entre los cuales merece citarse Moisés de León que a fines del siglo XIII compuso la famosa obra del Zohar atribuyéndola a un rabino antiguo; R. Yosef Caro, el moderno compilador de la ley de los judíos; y el famoso R. Moljo, portugués que con sus vaticinios obtuvo gran éxito en Italia en el primer tercio del siglo XVI hasta que fue quemado de orden del emperador Carlos V.

  1. Ministerio de la Cábala: Hist. Se da este nombre al Consejo privado del rey Carlos II de Inglaterra que formaron de 1669 a 1673 Clifford, Arlington, Buckingham, Ashley y Lauderdale. Las iniciales de estos cinco Consejeros forman la palabra Cabal, equivalente en inglés a corro o corrillo, y que en el caso de que se trata puede muy bien traducirse por camarilla. La expresión no pudo ser mejor aplicada, pues verdaderamente, con aquellos Ministros, el rey apeló a toda clase de cábalas o intrigas clandestinas y pérfidas a fin de hacer su poder absoluto y vender los intereses del presbiterianismo y aun del anglicanismo en provecho del catolicismo, doble objeto que no podía alcanzarse sino sacrificando los intereses de Inglaterra a los de Francia; pero Carlos II no retrocedió ante infamia alguna para obtener de Luis XIV subsidios que le permitiesen prescindir del Parlamento. Sin embargo, no todos los individuos de la Cabal intervinieron directamente en esta política; Arlington y Clifford tomaron, sí, parte activa en todas las negociaciones; pero Buckingham, Lauderdale y Ashley, luego conde de Shaftesbury, no se mezclaron en ellas, sobre todo en lo que se refiere al restablecimiento del catolicismo. Pero sobre la memoria de todos pesa el deplorable estado de la Hacienda. Por espacio de dieciocho meses el Estado, o sea el rey, no satisfizo ninguna de sus obligaciones, muchas casas respetables se declararon en quiebra, y aun vendiéndose a Francia no pudo Carlos librarse de la vergüenza de una bancarrota. Consecuencia de esta venta que valía al inglés una pensión anual de cinco millones de francos, fue la guerra con Holanda. Terminó la Cábala a consecuencia de la defección de Ashley que, en 1673, se pasó al partido de la oposición colocándose en la Cámara de los Lores al frente de los que empezaban a llamarse whigs para distinguirse de los tories o amigos de la corte. V. Carlos II de Inglaterra.
  1. Fil. El Talmud, libro que personifica, por decirlo así, la civilización hebrea, contiene como un compendio de la ciencia judaica, pues además de hablar de religión e historia, se ocupa en cuestiones de Medicina, Geografía, Astronomía y Astrología judiciaria, Física y otros ramos de los humanos conocimientos. Una parte de dicho libro se conoce entre los hebreos con el nombre de Baridá (lo de fuera), porque mientras se estaba escribiendo el Talmud, cuyas doctrinas, hechos que relataba, etc., se sometían, antes de continuarlos en el libro, al consejo de los más eminentes rabinos, algunos doctores, que habían asistido a las discusiones teológicas o filosóficas, salían fuera del Sanedrín, o sala de las deliberaciones, para discutir sobre ellas ampliamente y con más detenimiento que en la Asamblea, y sus debates se escribieron observando la costumbre de emplear la voz baridá al principio de las disquisiciones sobre cada materia, y aun de muchos párrafos del texto: la voz baridá o savri se traduce literalmente por la palabra «creen». Cuatro clases de rabinos, doctores o escritores tomaron parte en la composición del Talmud: mísnicos (tanain) decidores (emoraim), talmudistas (sevorae) y creyentes o de la baridá. Literalistas o caraim son aquellos rabinos que al rechazar la interpretación del Talmud admiten solo la escritura libremente interpretada por cada uno de por sí.

En los escritos de estos autores se funda la filosofía cabalística práctica y la puramente contemplativa, distinguiéndose esta última en literaria y en filosófica. La literaria, partiendo de la transposición de las palabras y de las letras de los versículos, no era más que una exposición simbólica de los libros santos; la otra emplea una metafísica elevada, intentando explicar las perfecciones de Dios y de las inteligencias superiores, y la llaman mercabá (carro), aludiendo a la visión de Ezequiel, profeta; aplicada a las cosas de este mundo, la llaman bereschit, que es la primera palabra del Génesis. Con tal sistema dan origen a una temía probabilista en su fondo, deducida de las ideas panteístas propias del viejo Oriente. Or-Hensoph (océano de luz) es la substancia primitiva que crea todo lo existente, colocando un velo delante de sí y dibujando en él las formas de los objetos. La primera creación de esta substancia primitiva fue Adán Cadmón, semejante a Dios y tipo del hombre, anciano vigoroso y lleno de majestad, que irradia de sí emanaciones decrecientes como los diez círculos luminosos (Sefirot) y los cuatro mundos Aziluth, Briah, Jezirah y Aziah. La materia, sin embargo, obscurecimiento de los rayos divinos, no existe sino en la idea. Dios guía desde luego por sí misino al pueblo hebreo y confía a sus ángeles el cuidado de las otras setenta naciones, situadas alrededor de Jerusalén, que es centro de toda la Tierra. Supusieron una identidad de la substancia primitiva que por medio de infinitos conductos, especie de canales, irradiaba en todo el ámbito del espacio, dando ser en sus giros inmensos a todos los mundos posibles entre los que mantenía simpatías y relaciones constantes en medio de la característica unidad. La substancia ensófica, idéntica en toda su extensión, era lo único que tenía ser, llenándolo todo; pero esta substancia llevaba en sí la facultad de exteriorizarse produciendo un incontable número de propiedades y atributos variadísimos; concentrándose en sí misma, resultó un vacío oblicuar sin otra cosa que unos puntos brillantes, a distintas distancias para indicar la situación que debían ocupar los mundos futuros. Resultando así creado el espacio, la substancia se extendió nuevamente; permaneciendo todavía Idéntica a sí misma, sin crear nada, sin producir cosa alguna: mas los secuaces de la cábala enseñan que la substancia primitiva puede multiplicarse por sí misma y dividirse por decenas, llevando en su naturaleza las diez facultades que llaman Sefirot, por medio de las que debía producir las variaciones externas. Corona, sabiduría, inteligencia, fuerza, belleza, gloria, triunfo, imperio, fundamento y misericordia son esas diez facultades, cada una de las cuales y también sus emanaciones podían descomponerse a su vez en decenas.

Invadiendo la substancia primitiva ensófica la profundidad del espacio orbicular que resultó de su anterior concentración, dejó salir de sí misma ciertos canales (Kelim) secundarios numerosísimos y de variadísima especie, cuya composición, cambiando en incesante movimiento la primitiva inmovilidad, y desenvolviendo todas sus tuerzas y esplendentes propiedades, dio origen al universo, Daban por cierto les cabalistas hebreos que cuanto más próxima se halle a su origen, más rica en toda clase de propiedades es la substancia circulante; y cuantos más mundos atraviesa, más debilitada se halla su luz, su fuerza y su pureza; deduciendo de ello que el hombre no debe dejar de trabajar afanosamente para disminuir con la energía intelectual, y la santidad de su alma, el intervalo que de la primitiva substancia puede alejarle, y llegar a ser vaso de elección. En estas razones fundó su hipótesis el judío Espinosa al proclamar que «la naturaleza es Dios y que el hombre no puede haber nacido malo; de lo contrario deberíamos aceptar que Dios es malo: pues todo se confunde en Dios». Juntaron a ese sistema de emanaciones substanciales una gran multitud de fábulas sobre los demonios, los cuatro elementos del alma y el hombre, pequeño microcosmos, y su formación, todo ello envuelto en confusiones y nebulosidades indescifrables. Algunos críticos hallan una gran semejanza entre las teorías cabalísticas filosóficas y la teogonía de Zoroastro, y creen que aquellos la conocieron cuando la esclavitud los puso en necesario contacto con los persas, constituyendo un nuevo vehículo en el cual vinieron al Occidente las ideas propias de las civilizaciones orientales.

Llevada al terreno de la práctica, la cábala añade ritos sobre ritos, y ceremonias sobre ceremonias, a las ya minuciosas proscritas por Moisés, atribuyéndoles superior importancia, aun sobre la moral. Coligando los nombres de las cosas, creen que adquieren por esta unión gran eficacia para producir portentos, ya que esos nombres los impuso Dios a cada cosa de por sí: creen, pues, en la virtud secreta de las palabras, mayor en las de las escrituras sagradas y en las que pueden aplicarse a la divinidad. Moisés superó a los magos de Faraón, y Daniel a los sacerdotes de los ídolos, porque conocían esas palabras, y los demás profetas obraron sus milagros por la misma razón. Al cielo suben desde la tierra las cosas por medio de una misteriosa cadena, y a las palabras o a los números está unida una idea de un vicio, de una virtud, de un ángel, de un astro, de una parte del cuerpo o de una planta, y cambiando los números o las palabras prodúcese una agitación simpática que corresponde a los elementos por ellos o ellas designados. De aquí tuvieron origen las teorías, en parte por lo menos, que llevaron a supersticiones y delirios de aplicaciones teúrgicas a algunos ingenios como Reuclino, fray Zorzi y Comerlo Agripa en los siglos medioevales.

  1. s.f. Mil. Se llama así todo proyecto ideado lejos del teatro de una guerra, para que venza tal o cual adversario. A sus autores suele llamárseles estrategas y tácticos de café.
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