Tres días después, en una expansión íntima con el boticario Crispim Soares, desvendó el alienista el misterio de su corazón.
—La caridad, señor Soares, se encuentra, desde luego, en mi procedimiento, pero está como condimento, como la sal de las cosas, que es así como interpreto el dicho de San Pablo a los corintios: «Si yo llegase a conocer todo cuanto se pueda saber, y me faltase caridad, no sería nada». Lo principal en esta obra mía de la Casa Verde es estudiar profundamente la locura, sus diversos grados, clasificar sus casos, descubrir, en fin, la causa del fenómeno y su remedio universal. Este es el misterio de mi corazón. Creo que con esto brindo un buen servicio a la humanidad.
—Un excelente servicio —corrigió el boticario.
—Sin este asilo —continuó el alienista— poco podría hacer; pero él me da un campo mucho más grande para mis estudios.
—Mucho más grande —añadió el otro.
Y tenían razón. De todas las villas y aldeas vecinas afluían locos a la Casa Verde. Eran furiosos, eran mansos, eran monomaniacos, era toda la familia de los desheredados del espíritu. Al cabo de cuatro meses, la Casa Verde era un pueblo. No bastaron los primeros cuartos; se mandó anexar una galería de treinta y siete más. El Padre Lopes confesó que no había imaginado la existencia de tantos locos en el mundo, y menos aún lo inexplicable de algunos casos. Uno, por ejemplo, un joven tosco y rústico, que todos los días, después del desayuno, daba un discurso académico sin grandes cambios, ornado de tropos, de antítesis, de apóstrofes, con sus bordados de griego y latín, y sus borlas de Cícero, Apuleyo y Tertuliano. El vicario no quería acabar creyéndolo. ¡Qué! ¡Un joven que él había visto, tres meses antes, jugando a la pelota en la calle!
—No digo que no —le respondía el alienista—; pero la verdad es lo que Vuestra Reverendísima está viendo. Esto pasa todos los días.
—En mi opinión —respondió el vicario—, esto solo se puede explicar por la confusión de las lenguas en la torre de Babel, según nos cuenta la Escritura; probablemente, ya que se confundieron antiguamente las lenguas, sea fácil revertirlas ahora, siempre y cuando la razón no trabaje…
—Esa puede ser, en efecto, la explicación divina del fenómeno —concordó el alienista, después de reflexionar un instante—, pero no es imposible que haya también alguna razón humana y puramente científica, y eso trato de…
—Que así sea, lo espero con ansias. ¡En serio!
Los locos por amor eran tres o cuatro, pero solo dos espantaban por lo curioso de su delirio. El primero, que se apellidaba Falcão, joven de veinticinco años, se consideraba estrella del alba, abría los brazos y estiraba las piernas, para darles cierta forma de rayos, y se quedaba así por horas olvidadas, preguntando si el sol ya había salido para que él se retraiga. El otro andaba siempre, siempre, siempre, alrededor de las salas o del patio, a lo largo de los corredores, en busca del fin del mundo. Era un desdichado, a quien su mujer lo dejó por ir tras un petimetre. Ni bien había descubierto la fuga, se armó con un trabuco y siguió sus rastros; los encontró dos horas después, al pie de una laguna, los mató a ambos con los más grandes primores de crueldad.
Los celos se mitigaron, pero el vengador estaba loco. Y entonces brotaron aquellas ansias de ir al fin del mundo para cazar a los fugitivos.
La manía de las grandezas tenía ejemplares notables. El más notable era un pobre diablo, hijo de un ropavejero, que le narraba a las paredes (porque no miraba nunca a ninguna persona) toda su genealogía, que era esta:
—Dios engendró un huevo, el huevo engendró la espada, la espada engendró a David, David engendró la púrpura, la púrpura engendró al duque, el duque engendró al marqués, el marqués engendró al conde, el cual soy yo.
Se daba un manotazo en la frente, chascaba una vez los dedos y repetía cinco, seis veces seguidas:
—Dios engendró un huevo, el huevo, etc.
Otro de la misma especie era un escribano, que se vendía por mayordomo del rey; otro era un boyero de Minas Gerais, cuya manía era distribuir manadas de bueyes a todo el mundo, daba trescientas cabezas a uno, seiscientas a otro, mil doscientas a otro, y no acababa nunca. No hablo de los casos de monomanía religiosa; apenas citaré a un sujeto que, llamándose Juan de Dios, decía ahora ser el dios Juan, y le prometía el reino de los cielos a quien lo adorara, y las penas del infierno al resto; y luego, el licenciado García, que no decía nada porque imaginaba que el día en que llegara a proferir una sola palabra, todas las estrellas se despegarían del cielo y abrasarían la tierra; tal era el poder que había recibido de Dios. Así lo escribía él en el papel que el alienista le mandaba dar, menos por caridad que por interés científico.
Pues, en verdad, la paciencia del alienista era aún más extraordinaria que todas las manías alojadas en la Casa Verde; era nada menos que asombrosa. Simão Bacamarte comenzó por organizar un personal administrativo; y aceptando esa idea del boticario Crispim Soares, le aceptó también dos sobrinos, a quienes les asignó la ejecución de un reglamento que les dio, aprobado por la municipalidad, sobre la distribución de la comida y de la ropa, y así también sobre la contabilidad, etc. Era lo mejor que podía hacer, para solamente encargarse de su oficio.
—La Casa Verde —le dijo él al vicario— es ahora una especie de mundo en el que coexisten el gobierno secular y el gobierno espiritual.
Y el padre Lopes se reía de este devoto juego de palabras y añadía —con el único fin de decir también un chiste:
—Déjelo así, déjelo así, que he de acusarlo con el papa. Una vez absuelto de la administración, el alienista procedió a realizar una vasta clasificación de sus enfermos. Los dividió, primeramente, en dos clases principales: los furiosos y los mansos; de ahí pasó a las subclases, monomanías, delirios, alucinaciones diversas. Hecho esto, comenzó un estudio perseverante y continuo; analizaba los hábitos de cada loco, las horas de acceso, las antipatías, las simpatías, las palabras, los gestos, las tendencias; indagaba sobre la vida de los enfermos, profesión, costumbres, circunstancias de la revelación patológica, accidentes de la infancia y de la juventud, enfermedades de otra especie, antecedentes en la familia, todo un interrogatorio, en fin, como no lo haría ni el más atildado corregidor. Y cada día registraba una observación nueva, un descubrimiento interesante, un fenómeno extraordinario. Al mismo tiempo, estudiaba el mejor régimen alimenticio, las sustancias medicamentosas, los medios curativos y los medios paliativos, no solo los que provenían de sus amados árabes, como los que él mismo había descubierto, a fuerza de sagacidad y paciencia. Vaya, todo ese trabajo consumía la mejor y la mayor parte de su tiempo. Apenas dormía y apenas comía; y hasta cuando comía, era como si estuviera trabajando, porque, bien consultaba un texto antiguo, bien discurría sobre una cuestión, y muchas veces pasaba todo el almuerzo sin decirle ni una sola palabra a doña Evarista.
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