Capítulo 3: ¡Dios sabe lo que hace!

La ilustre dama, al cabo de dos meses, se sintió la más desdichada de las mujeres; cayó en profunda melancolía, quedó amarilla, flaca, comía poco y suspiraba por todas partes. No osaba quejarse ni reprocharle nada, porque lo respetaba como su marido y señor, pero padecía callada y se marchitaba con notoriedad. Un día, al almuerzo, como su marido le había preguntado qué era lo que tenía, respondió tristemente que nada; después se atrevió un poco y tuvo la capacidad de decir que se consideraba tan viuda como antes. Y añadió:

—Quién diría nunca que media docena de lunáticos…

No acabó la frase; mejor dicho, la acabó levantando sus ojos al techo —sus ojos, que eran su facción más insinuante— oscuros, grandes, bañados en una luz húmeda, como los de la aurora. En cuanto al gesto, era el mismo que había empleado el día en que Simão Bacamarte la pidió en matrimonio. No dicen las crónicas si doña Evarista blandió aquella arma con la perversa intención de degollar de una vez a la ciencia o, por lo menos, cercenarle las manos; pero la conjetura es verosímil. En todo caso, el alienista no le atribuyó otro propósito. Y no se irritó el gran hombre, ni siquiera quedó consternado. El metal de sus ojos no dejó de ser el mismo metal, duro, liso, eterno, ni la menor arruga llegó a quebrar la superficie de su frente quieta como el agua de Botafogo. Tal vez una sonrisa le descerró los labios, por entre los cuales se filtró esta palabra suave como el ungüento del Cantar:

—Consiento que vayas a dar un paseo a Río de Janeiro.

Doña Evarista sintió que le faltaba el suelo debajo de los pies. Nunca de los nuncas había estado en Río de Janeiro, que aunque no era siquiera una pálida sombra de lo que es hoy, todavía era algo más que Itaguaí. Ver Río de Janeiro, para ella, equivalía al sueño del hebreo cautivo. Ahora, principalmente, que el marido se había asentado, de una vez para siempre, en aquel pueblo en el interior, ahora es que ella había perdido las últimas esperanzas de respirar los aires de aquella buena ciudad; y justamente ahora es que él la invitaba a cumplir sus deseos de niña y joven. Doña Evarista no pudo disimular el gusto de semejante propuesta. Simão Bacamarte le sujetó la mano y sonrió —una sonrisa un tanto filosófica, además de conyugal, en que parecía traducirse este pensamiento: «No existe un remedio infalible para los dolores del alma; esta señora se marchita porque le parece que no la amo; le entrego Río de Janeiro, y se consuela». Y como era un hombre estudioso tomó nota de esa observación.

Pero un dardo atravesó el corazón de doña Evarista. Sin embargo, se contuvo; se limitó a decirle al marido que, si él no iba, ella tampoco iría, porque no deseaba verse en la necesidad de andar solita por las calles.

—Irás con tu tía —replicó el alienista.

Nótese que doña Evarista justamente había pensado en eso; pero no había querido pedirlo ni insinuarlo, en primer lugar, porque sería imponerle grandes gastos a su marido, en segundo lugar, porque era mejor, más metódico y racional que la propuesta viniera de él.

—¡Oh! ¡Pero el dinero que será necesario gastar! —suspiró doña Evarista sin convicción.

—¿Qué importa? Hemos ganado mucho —dijo el marido—. Justo ayer el contador me mostró las cuentas. ¿Quieres ver?

Y la llevó hacia los libros. Doña Evarista quedó deslumbrada. Era una vía láctea de cifras. Y después la llevó a las arcas, donde estaba el dinero. ¡Dios! Eran montes de oro, eran mil cruzados sobre mil cruzados, doblones sobre doblones; era la opulencia. Mientras ella se comía el oro con sus ojos oscuros, el alienista la observaba, y le decía al oído con la más pérfida de las alusiones:

—Quién diría que media docena de lunáticos…

Doña Evarista comprendió, sonrió y respondió con mucha resignación:

—¡Dios sabe lo que hace!

Tres meses después, se efectuaba la jornada. Doña Evarista, la tía, la mujer del boticario, un sobrino de este, un padre que el alienista había conocido en Lisboa y que por casualidad se encontraba en Itaguaí, cinco o seis pajes, cuatro mucamas, tal fue la comitiva que el pueblo vio salir de ahí cierta mañana del mes de mayo. Las despedidas fueron tristes para todos, menos para el alienista. Si bien las lágrimas de doña Evarista eran abundantes y sinceras, no llegaban a conmoverlo. Hombre de ciencia, y solo de ciencia, nada lo consternaba fuera de la ciencia; y si alguna cosa le preocupaba en aquella ocasión, si él dejaba correr por la multitud una mirada inquieta y policial, no era otra cosa más que la idea de que algún demente podía encontrarse ahí mezclado con la gente de juicio.

—¡Adiós! —sollozaron en fin las damas y el boticario.

Y partió la comitiva. Crispim Soares, al volver a casa, traía puestos los ojos entre las dos orejas de la bestia ruana en que venía montado; Simão Bacamarte fijaba los suyos en el horizonte de enfrente, dejando al caballo bajo la responsabilidad del regreso. ¡Viva imagen del genio y del vulgo! Uno observa el presente, con todas sus lágrimas y añoranzas, otro contempla el futuro con todas sus auroras.


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