Al paso que doña Evarista, en lágrimas, iba dirigiéndose a Río de Janeiro, Simão Bacamarte estudiaba por todos lados una cierta idea reformadora y nueva, apropiada para ampliar las bases de la psicología. Todo el tiempo que le sobraba de los cuidados de la Casa Verde era poco para andar en la calle, o de casa en casa, conversando con la gente, sobre treinta mil asuntos, y pausando los diálogos con una mirada que metía miedo hasta a los más heroicos.
Un día por la mañana —habían pasado tres semanas— estando Crispim Soares ocupado en temperar un medicamento, se acercaron a decirle que el alienista lo mandaba llamar.
—Se trata de un asunto importante, según lo que él me dijo —añadió el portador.
Crispim empalideció. ¿Qué cuestión importante podía ser, sino alguna noticia de la comitiva, y especialmente de su mujer? Porque este tema debe quedar claramente definido, pues puede que insistan en eso los cronistas: Crispim amaba a su mujer y, desde los treinta años, nunca habían estado separados un solo día. Así se explican los monólogos que él hacía ahora, y que sus criados le oían decir a menudo: «Anda, bien hecho, ¿quién te mandó consentir el viaje de Cesária? ¡Adulador, infame adulador! Solo para adular al doctor Bacamarte. Pues ahora aguántate; anda, aguántate, alma de lacayo, pusilánime, vil, miserable. Dices “amén” a todo, ¿no? ¡Ahí tienes el lucro, canalla!». Y muchos otros nombres feos, que un hombre no debe decir a los demás, a lo sumo a sí mismo. De aquí a imaginar el efecto del recado hay una nada. Ni bien él lo recibió, dejó a un lado los medicamentos y voló hacia la Casa Verde.
Simão Bacamarte lo recibió con la alegría propia de un sabio, una alegría abrochada de circunspección hasta el cuello.
—Estoy muy contento —dijo él.
—¿Noticias de nuestra gente? —preguntó el boticario con la voz trémula.
El alienista hizo un gesto magnífico y respondió:
—Se trata de algo más importante, se trata de un experimento científico. Digo experimento, porque no me atrevo a asegurar desde ya mi idea; ni la ciencia es otra cosa, señor Soares, sino una investigación constante. Se trata, pues, de un experimento, pero un experimento que va a cambiar la faz de la tierra. La locura, objeto de mis estudios, era hasta ahora una isla perdida en el océano de la razón; comienzo a sospechar que es un continente.
Dijo esto y se calló para estudiar el pasmo del boticario. Después explicó ampliamente su idea. En su concepto, la insania se extendía por una vasta superficie de cerebros; y descubrió esto con gran copiosidad de raciocinios, de textos, de ejemplos. Los ejemplos los encontró en la historia y en Itaguaí, pero, como un extraordinario espíritu que era, reconoció el peligro de citar todos los casos de Itaguaí, y se refugió en la historia. Así, mencionó especialmente a algunos personajes célebres, Sócrates, que tenía un demonio familiar, Pascal, que veía un abismo a la izquierda, Mahoma, Caracalla, Domiciano, Calígula, etc., una fila de casos y personas, en la que conjuntamente se encontraban entidades odiosas y entidades ridículas. Y como el boticario se había sorprendido de tal mezcolanza, el alienista le dijo que todo era la misma cosa, y hasta añadió sentenciosamente:
—La ferocidad, señor Soares, es en realidad lo grotesco.
—¡Maravilloso, muy maravilloso! —exclamó Crispim Soares levantando las manos al cielo.
En cuanto a la idea de ampliar el territorio de la locura, la encontró el boticario extravagante; pero la modestia, principal adorno de su espíritu, no le admitió confesar otra cosa más que un noble entusiasmo; la declaró sublime y verdadera, y añadió que era «motivo de matraca». Esta expresión no tiene equivalente en el estilo moderno. En aquellos tiempos, Itaguaí, que como las demás villas, aldeas y pueblos de la colonia, no disponía de imprenta, tenía dos modos de divulgar una noticia: o por medio de carteles manuscritos y clavados en la puerta de la municipalidad y de la iglesia matriz —o por medio de matraca. He aquí en qué consistía esta segunda costumbre. Se contrataba a un hombre, por uno o más días, para andar por las calles del poblado con una matraca en la mano. De cuando en cuando tocaba la matraca, se reunía la gente y él anunciaba lo que le encomendaban —un remedio para fiebres intermitentes, unas tierras labrantías, un soneto, un donativo eclesiástico, las mejores tijeras de la villa, el más bello discurso del año, etc. El sistema tenía inconvenientes para la paz pública; pero se conservaba por la gran energía de divulgación que poseía. Por ejemplo, uno de los ediles —aquel justamente que más se había opuesto a la creación de la Casa Verde— disfrutaba de la reputación de perfecto educador de serpientes y monos, y la verdad es que nunca había domesticado a uno solo de esos animales; pero tenía el esmero de hacer trabajar la matraca todos los meses. Y dicen las crónicas que algunas personas afirmaban haber visto serpientes de cascabel bailando en el pecho del edil; afirmación perfectamente falsa y que solo se debía a la absoluta confianza en el sistema. Es verdad, es verdad, no todos los métodos del antiguo régimen merecen el desprecio de nuestro siglo.
—Hay algo mejor que anunciar mi idea, es practicarla —respondió el alienista a la insinuación del boticario.
Y el boticario, sin discrepar perceptiblemente de este modo de ver, le dijo que sí, que era mejor comenzar por la ejecución.
—Siempre habrá tiempo para retumbar la matraca —concluyó él.
Simão Bacamarte reflexionó aún por un instante, y dijo:
—Suponiendo que el espíritu humano es una vasta ostra, mi fin, señor Soares, es ver si puedo extraer la perla, que es la razón; en otros términos, demarquemos definitivamente los límites de la razón y de la locura. La razón es el perfecto equilibrio de todas las facultades; fuera de eso hay insania, insania y solo insania.
El vicario Lopes, a quien él confió la nueva teoría, declaró con sinceridad que no llegaba a entenderla, que era una obra absurda y, si no era absurda, era tan colosal que no merecía principio de ejecución.
—Con la definición actual, que es la de todos los tiempos —añadió—, la locura y la razón están perfectamente delimitadas. Se sabe dónde una acaba y dónde la otra comienza. ¿Para qué traspasar la cerca?
Sobre el labio fino y discreto del alienista rozó la vaga sombra de una intención de risa, en que el desdén venía acompañado de la conmiseración; pero ninguna palabra salió de sus ilustres entrañas. La ciencia quedó contenta al extenderle la mano a la teología —con tal seguridad que la teología no supo en fin si debía creer en sí o en la otra. Itaguaí y el universo quedaban al borde de una revolución.
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