Cuatro días después, la población de Itaguaí oyó consternada la noticia de que un cierto hombre apellidado Costa había sido encerrado en la Casa Verde.
—¡Imposible!
—¡Cómo que imposible! Fue encerrado hoy por la mañana.
—Pero, en verdad, él no lo merecía… ¡Es el colmo! Después de todo lo que él hizo…
Costa era uno de los ciudadanos más estimados de Itaguaí. Había heredado cuatrocientos mil cruzados de oro del rey don João V, cantidad de dinero que bastaba, según le declaró su tío en el testamento, para vivir «hasta el fin del mundo». Ni bien recogió la herencia, como empezó a dividirla en préstamos, sin intereses, mil cruzados a uno, dos mil a otro, trescientos a este, ochocientos a aquel, a tal punto que, al cabo de cinco años, estaba sin nada. Si la miseria hubiera llegado de golpe, el pasmo de Itaguaí sería enorme; pero llegó despacio; él fue pasando de la opulencia a la abundancia, de la abundancia a la medianía, de la medianía a la pobreza, de la pobreza a la miseria, gradualmente. Al cabo de aquellos cinco años, personas que llevaban su sombrero al suelo luego de que él se asomaba al fin de la calle, ahora le golpeaban en el hombro, con confianza, le tincaban la nariz, lo humillaban. Y Costa siempre llano, risueño. Ni cuenta empezaba a darse de que los menos corteses eran justamente los que aún tenían la deuda pendiente; al contrario, parece que los agasajaba con mayor placer y la más sublime resignación. Un día, como uno de esos incurables deudores le había lanzado una insolencia, y él se había reído de ella, comentó un hombre que no lo estimaba, con cierta perfidia: «Usted soporta a ese sujeto para ver si él le paga». Costa no se detuvo ni un minuto, fue hacia el deudor y le perdonó la deuda. «No me sorprende —replicó el hombre—; Costa renunció a una estrella que está en el cielo». Costa era perspicaz, comprendió que él negaba todo el mérito de la acción, atribuyéndole la intención de rechazar lo que no venían a meterle al bolsillo. Era también pundonoroso e inventivo; dos horas después, halló un medio de probar que no le correspondía tan gran estigma: agarró unos doblones y los mandó de préstamo al deudor.
—Ahora espero que… —pensó él sin concluir la frase.
Este último rasgo de Costa persuadió a crédulos e incrédulos; nadie más puso en duda las cualidades caballerescas de aquel digno ciudadano. Las necesidades más tímidas salieron a la calle, llegaron a golpetear su puerta, con sus pantuflas viejas, con sus capas remendadas. Un gusanillo, sin embargo, roía el alma de Costa: era el concepto de la desestima. Pero justamente eso acabó; tres meses después, el mismo deudor vendría a pedirle unos ciento veinte cruzados con la promesa de devolvérselos de ahí a dos días; era lo que restaba de la gran herencia, pero era también una noble manera de vengar su honor: Costa prestó el dinero de inmediato, sin demora, y sin intereses. Infelizmente no tuvo tiempo de ser pagado; cinco meses después, era encerrado en la Casa Verde.
Imagínese la consternación de Itaguaí cuando se enteró del caso. No se habló de otra cosa, se decía que Costa había ensandecido a la hora del desayuno, otros que de madrugada; y se contaban los accesos, que eran furiosos, sombríos, terribles –o mansos, y hasta graciosos, según las versiones. Mucha gente corrió hacia la Casa Verde y encontró al pobre Costa, tranquilo, un poco pasmado, hablando con mucha clareza y preguntando por qué motivo lo habían llevado ahí. Algunos se reunieron con el alienista. Bacamarte aprobaba esos sentimientos de estima y compasión, pero añadía que la ciencia era la ciencia, y que él no podía dejar en la calle a un mentecato. La última persona que intercedió por él (porque después de lo que voy a contar nadie más se atrevió a hablar con el terrible médico) fue una pobre señora, prima de Costa. El alienista le dijo confidencialmente que ese digno hombre no estaba en el perfecto equilibrio de las facultades mentales, considerando el modo en que había despilfarrado su patrimonio que…
—¡Eso no! ¡Eso no! —interrumpió la buena señora con energía—. Si él gastó tan deprisa lo que recibió, la culpa no es de él.
—¿No?
—No, señor. Déjeme que le diga cómo pasó. Mi tío difunto no era mal hombre; pero cuando estaba furioso era capaz de ni siquiera quitarse el sombrero ante el Santísimo. Mire, un día, poco tiempo antes de morir, descubrió que un esclavo le había robado un buey; imagine cómo se quedó. Su cara era un pimentón; todo su ser temblaba, su boca espumaba; lo recuerdo como si fuera hoy. Entonces un hombre feo, cabelludo, en mangas de camisa, se acercó a él y pidió agua. Mi tío (¡Dios interceda por su alma!) le respondió que se vaya a beber al río o al infierno. El hombre lo miró, abrió la mano en aire de amenaza y lanzó esta maldición: «¡Todo su dinero no ha de durar más de siete años y un día, tan cierto es esto como el sello salomónico!» Y mostró el sello salomónico que tenía grabado en el brazo. Fue esto, señor mío, fue esta imprecación de aquel maldito.
Bacamarte había espetado en la pobre señora un par de ojos agudos como puñales. Cuando ella acabó, le extendió la mano cortésmente, como si lo hiciera a la propia esposa del virrey, y la invitó a ir a hablar con su primo. La miserable le creyó; él la llevó a la Casa Verde y la encerró en la galería de los alucinados.
La noticia de esta alevosía del ilustre Bacamarte lanzó el terror al alma de la población. Nadie quería acabar creyendo que, sin motivo, sin enemistad, el alienista trancara en la Casa Verde a una señora perfectamente juiciosa, que no tenía otro crimen sino el de interceder por un infeliz. Se comentaba este caso en las esquinas, en las barberías; se armó toda una novela, el alienista otrora habría cortejado a la prima de Costa, y esto habría resultado en la indignación de Costa y el desprecio de la prima. Y de ahí la venganza. Era claro. Pero la austeridad del alienista, la vida de estudios que él llevaba, parecían desmentir tal hipótesis. ¡Habladurías! Todo aquello era naturalmente la capa del villano. Y uno de los más crédulos llegó a murmurar que sabía de otras cosas, no las decía, por no tener certeza plena, pero sabía, casi que podía jurarlo.
—Usted, que es muy cercano a él, ¿no podría decirnos qué está pasando, qué pasó, qué motivo…?
Crispim Soares se derretía por completo. Ese interrogatorio de la gente inquieta y curiosa, de los amigos atónitos, era para él una consagración pública. No había duda; todo el pueblo finalmente sabía que el confidente del alienista era él, Crispim, el boticario, el colaborador del gran hombre y de las grandes cosas; por eso mismo corrían hacia la botica. Todo eso decía la caraza jocosa y la risa discreta del boticario, la risa y el silencio, porque él no respondía nada; uno, dos, tres monosílabos, cuanto mucho, sueltos, secos, ocultos en su fiel sonrisa, constante y diminuta, llena de misterios científicos, que él no podía, sin deslustre ni peligro, revelar a ninguna persona humana.
—Algo está pasando —pensaban los más desconfiados.
Uno de esos se limitó a pensarlo, encogió los hombros y se retiró. Tenía asuntos personales. Acababa de construir una casa suntuosa. Solo la casa bastaba para detener y llamar la atención de toda la gente; pero había más —los muebles, que él había mandado traer de Hungría y de Holanda, según contaba, y que se podían ver desde afuera, porque las ventanas vivían abiertas— y el jardín, que era una obra maestra de arte y de gusto. Ese hombre, que había enriquecido mediante la fabricación de albardas, había tenido siempre el sueño de una casa magnífica, jardín pomposo, muebles extravagantes. No dejó el negocio de las albardas, pero reposaba de él en la contemplación de su casa nueva, la primera de Itaguaí, más grandiosa que la Casa Verde, más noble que la de la municipalidad. Entre la gente ilustre del pueblo había llanto y rechinar de dientes, cuando se pensaba, o se hablaba, o se elogiaba la casa del albardero —¡un simple albardero, Dios santo!
—Ahí está él boquiabierto —decían los transeúntes, por la mañana.
Por la mañana, en efecto, era costumbre de Mateus quedarse tendido, en medio del jardín, con los ojos puestos en su casa, apasionado, durante una larga hora, hasta que venían a llamarlo para desayunar. Los vecinos, aunque lo saludaban con cierto respeto, se reían de él a sus espaldas, lo cual era un deleite. Uno de esos llegó a decir que Mateus sería mucho más ahorrador, y permanecería riquísimo, si fabricara las albardas para sí mismo; epigrama ininteligible, pero que hacía reír a carcajadas.
—Ahora ahí está Mateus siendo contemplado —decían por la tarde.
La razón de este otro dicho era que, por la tarde, cuando las familias salían de paseo (almorzaban temprano), Mateus solía pararse frente a la ventana, bien en el centro, vistoso, sobre un fondo oscuro, con traje blanco, actitud señorial, y así se quedaba dos y tres horas hasta que anochecía por completo. Es posible creer que la intención de Mateus era ser admirado y envidiado, puesto que él no la confesaba a ninguna persona, ni al boticario, ni al padre Lopes —sus grandes amigos. Y sin embargo, no fue otro el argumento del boticario cuando el alienista le dijo que el albardero tal vez padecía del amor a las piedras, manía que él, Bacamarte, había descubierto y estudiaba desde hace algún tiempo. Aquello de contemplar la casa…
—No, señor —intervino vivamente Crispim Soares.
—¿No?
—Ha de perdonarme, pero tal vez no sepa que él, por la mañana, examina la obra, no la admira; por la tarde, son los demás que lo admiran a él y a la obra.
Y le contó las costumbres del albardero, de todas las tardes, desde temprano hasta el caer de la noche.
Un gran placer científico iluminó los ojos de Simão Bacamarte. O él no conocía todas las costumbres del albardero, o nada más quiso, interrogando a Crispim, confirmar alguna noticia incierta o sospecha vaga. La explicación lo satisfizo; pero como tenía las alegrías propias de un sabio, concentradas, nada vio el boticario que lo hiciera sospechar de una intención siniestra. Al contrario, era de tarde, y el alienista le pidió el brazo para que vayan de paseo. ¡Dios! Era la primera vez que Simão Bacamarte concedía a su confidente tamaña honra; Crispim quedó trémulo, atarantado, dijo que sí, que estaba listo. Entraron dos o tres personas de afuera, Crispim las mandó mentalmente a todos los diablos; no solo atrasaban el paseo, sino también podía suceder que Bacamarte eligiera a alguna de ellas para acompañarlo y terminara despidiéndose de él. ¡Qué impaciencia! ¡Qué aflicción! En fin, salieron. El alienista guio en dirección a la casa del albardero, lo vio a la ventana, pasó cinco, seis veces por delante, despacio, deteniéndose, examinando las actitudes, la expresión del rostro. El pobre Mateus, ni bien notó que era objeto de la curiosidad o admiración del hombre más importante de Itaguaí, realzó su expresión, les dio otro relieve a sus actitudes. ¡Triste! ¡Triste! No hizo más que condenarse; al día siguiente, fue encerrado en la Casa Verde.
—La Casa Verde es una cárcel privada —dijo un curandero.
Nunca una opinión se contagió y propagó tan rápidamente. Cárcel privada: he aquí lo que se repetía del norte al sur y del este al oeste de Itaguaí —por miedo, es verdad— porque durante la semana siguiente a la captura del pobre Mateus, veintitantas personas —dos o tres de consideración— fueron encerradas en la Casa Verde. El alienista decía que solo eran admitidos los casos patológicos, pero poca gente le creía. Continuaban las versiones populares. Venganza, codicia de dinero, castigo de Dios, monomanía del propio médico, plan secreto de Río de Janeiro con el fin de destruir en Itaguaí cualquier semilla de prosperidad que llegara a brotar, arborecer, florecer, con deslustre y mengua de aquella ciudad, mil otras explicaciones, que no explicaban nada, tal era el producto diario de la imaginación pública.
En esto llegó de Río de Janeiro la esposa del alienista, su tía, la mujer de Crispim Soares y toda la demás comitiva —o casi toda— que algunas semanas antes había partido de Itaguaí. El alienista fue a recibirla, con el boticario, el padre Lopes, los ediles y varios otros magistrados. El momento en que doña Evarista puso los ojos en la figura de su marido es considerado por los cronistas de aquellos tiempos como uno de los más sublimes de la historia moral de los hombres, y esto se debe al contraste de las dos naturalezas, ambas extremas, ambas ilustres. Doña Evarista soltó un grito, balbuceó una palabra y se lanzó hacia su cónyuge, de una manera que no se puede mejor definir que comparándola a una mezcla de jaguar y tórtola. En cambio, el ilustre Bacamarte; frío como un diagnóstico, sin descomponer por un instante su rigidez científica, extendió sus brazos hacia la dama, que cayó en ellos y desfalleció. Corto incidente; al cabo de dos minutos doña Evarista recibía los saludos de los amigos y el séquito se ponía en marcha.
Doña Evarista era la esperanza de Itaguaí, se contaba con ella para aminorar la calamidad de la Casa Verde. Esa es la razón de las aclamaciones públicas, la gran multitud que abarrotaba las calles, las banderolas, las flores y los tejidos de Damasco en las ventanas. Con el brazo apoyado en el del padre Lopes —porque el eminente Bacamarte había confiado su mujer al vicario, y los acompañaba a paso meditativo— doña Evarista giraba la cabeza de un lado a otro, curiosa, inquieta, petulante. El vicario indagaba sobre Río de Janeiro, que él no había visto desde el virreinato anterior; y doña Evarista respondía entusiasmada que era la cosa más bella que podía haber en el mundo. El Passeio Público estaba acabado, un paraíso donde ella había ido muchas veces, y la calle de las Belas Noites, la fuente de las Cercetas… ¡Ah! ¡La fuente de las Cercetas! Eran realmente cercetas —hechas de metal y expulsaban agua por la boca. Una cosa galantísima. El vicario decía que sí, que Río de Janeiro debía estar ahora mucho más bonito. ¡Si ya lo era en otros tiempos! No sorprende, era más grande que Itaguaí y, además, sede del gobierno… Pero no se puede decir que Itaguaí era feo; tenía bellas casas, la casa de Mateus, la Casa Verde…
—A propósito de la Casa Verde —dijo el padre Lopes deslizándose hábilmente hacia el asunto del momento— usted llegará a encontrarla muy llena de gente.
—¿Sí?
—Así es. Ahí está Mateus…
—¿El albardero?
—Así es; está Costa, la prima de Costa, y Fulano, y Zutano, y…
—¿Todos ellos locos?
—O casi locos —asintió el padre.
—¿Cómo así?
El vicario encorvó las comisuras de sus labios, como si no supiera nada o no quisiera decirlo todo; respuesta vaga, que no se puede repetir a otra persona porque no hubo enunciado alguno. Doña Evarista halló realmente extraordinario que toda aquella gente ensandeciera; uno u otro, está bien; pero ¿todos? No obstante, le costaba dudar; el marido era un sabio, no encerraría a nadie en la Casa Verde sin prueba evidente de locura.
—Sin duda… sin duda… —iba puntuando el vicario.
Tres horas después, cerca de cincuenta convidados se sentaban alrededor de la mesa de Simão Bacamarte; era el almuerzo de bienvenida. Doña Evarista fue el asunto inevitable de los brindis, discursos, versos de toda clase, metáforas, enaltecimientos, fábulas. Ella era la esposa del nuevo Hipócrates, la musa de la ciencia, ángel, divina, aurora, caridad, vida, consuelo; traía en los ojos dos estrellas, según la versión modesta de Crispim Soares, y dos soles, conforme el concepto de un edil. El alienista oía esas cosas un tanto disgustado, pero sin visible impaciencia. Cuando mucho, decía al oído de su mujer que la retórica permitía tales atrevimientos vacuos. Doña Evarista hacía esfuerzos para adherirse a esta opinión de su marido; pero, hasta restando tres cuartas partes de las adulaciones, quedaba mucho con que envanecerle el alma. Uno de los oradores, por ejemplo, Martim Brito, joven de veinticinco años, petimetre consumado, experimentado en noviazgos y aventuras, declamó un discurso en que el nacimiento de doña Evarista era explicado por el más singular de los desafíos. «Dios», dijo él, «después de conceder al universo el hombre y la mujer, ese diamante y esa perla de la corona divina» (y el orador hacía llegar triunfalmente esta frase de una punta a otra de la mesa), «Dios quiso vencer a Dios, y creó a doña Evarista».
Doña Evarista bajó la mirada con ejemplar modestia. Dos señoras, considerando que dicha cortesía fingida había sido excesiva y audaz, examinaron los ojos del dueño de la casa; y, en verdad, el semblante del alienista les pareció nublado de sospechas, de amenazas y, probablemente, de sangre. El atrevimiento fue grande, pensaron las dos damas. Y la una y la otra pedían a Dios que removiera cualquier incidente trágico —o que lo posponga al menos para el día siguiente. Sí, que lo posponga. Una de ellas, la más piadosa, llegó a admitir, para sí misma, que doña Evarista no merecía ninguna desconfianza, tan lejos estaba de ser atrayente o bonita. Una simple agua insípida. Es verdad que, si todos los gustos fueran iguales, ¿qué sería del amarillo? Esta idea la hizo temblar otra vez, aunque menos; menos, porque ahora el alienista le mostraba una sonrisa a Martim Brito y, una vez levantados todos, se acercó a él y le habló de su discurso. No le negó que había sido una improvisación brillante, llena de rasgos magníficos. ¿Habrá sido de él mismo la idea relativa al nacimiento de doña Evarista o la habrá leído de algún autor que…? No señor; era de él mismo; la descubrió en aquel instante y le había parecido adecuada para un arrobo oratorio. Además, sus ideas no eran tiernas o jocosas, sino más bien atrevidas. Tenía talento para ser poeta épico. Una vez, por ejemplo, compuso una oda a la caída del Marqués de Pombal, en que decía que ese ministro era el «dragón aspérrimo de la Nada», machacado por las «garras vengadoras del Todo»; y así otras más o menos fuera de lo común; le gustaban las ideas sublimes y raras, las imágenes grandes y nobles…
«¡Pobre muchacho!», pensó el alienista. Y continuó para sí: «Se trata de un caso de lesión cerebral: fenómeno sin gravedad, pero digno de estudio…».
Doña Evarista quedó estupefacta cuando supo, tres días después, que Martim Brito había sido encerrado en la Casa Verde. ¡Un joven que tenía ideas tan bonitas! Las dos señoras atribuyeron el acto a celos del alienista. No podía ser otra cosa; realmente, la declaración del joven había sido demasiado audaz.
¿Celos? Pero ¿cómo explicar que, inmediatamente después, fueron encerrados José Borges do Couto Leme, persona estimable, Chico das Cambraias, bromista experto, el escribano Fabrício y hasta otros? El terror se acentuó. No se sabía ya quién estaba sano, ni quien estaba loco. Las mujeres, cuando sus maridos salían, mandaban encender una lamparilla para Nuestra Señora; y no todos los maridos eran valerosos, algunos no andaban por las calles sin uno o dos guardaespaldas. Efectivamente el terror. Quien podía, emigraba. Uno de esos fugitivos llegó a ser capturado a doscientos pasos de la villa. Era un joven de treinta años, amable, desenvuelto, educado, tan educado que no saludaba a alguien sin llevar su sombrero al suelo; en la calle, solía correr una distancia de veinte a cuarenta metros para ir a apretar la mano de un hombre importante, de una señora, a veces de un niño, como había sucedido con el hijo del juez de fuera. Tenía la vocación de las cortesías. Además, sus buenas relaciones sociales no solo se debían a sus dotes personales, que eran peculiares, sino también a la noble tenacidad con que nunca se desanimaba delante de uno, dos, cuatro, seis rechazos, caras feas, etc. Lo que sucedía era que, una vez que estaba dentro de una casa, no la dejaba más, ni los de la casa lo dejaban a él, tan agraciado era Gil Bernardes. Pues Gil Bernardes, a pesar de considerarse estimado, tuvo miedo cuando un día le dijeron que estaba a la mira del alienista; la madrugada siguiente huyó de la villa, pero lo atraparon rápido y lo llevaron a la Casa Verde.
—¡Debemos acabar con esto!
—¡No puede continuar!
—¡Abajo la tiranía!
—¡Déspota! ¡Violento! ¡Goliat!
No eran gritos en la calle, eran suspiros en casa, pero no tardaba en llegar la hora de los gritos. El terror se alimentaba; se avecinaba la rebelión. La idea de una petición al gobierno para que Simão Bacamarte fuera capturado y deportado pasó por algunas cabezas, antes de que el barbero Porfírio la expusiera en su establecimiento, con grandes gestos de indignación. Nótese —y esta es una de las páginas más puras de esta sombría historia— nótese que Porfírio, desde que la Casa Verde había comenzado a poblarse tan extraordinariamente, vio que aumentaban sus lucros por la aplicación asidua de sanguijuelas que de allí le pedían: «pero el interés individual», decía él, «debe someterse al interés público». Y añadía: «¡Es necesario derribar al tirano!». Nótese también que él soltó este grito justamente el día en que Simão Bacamarte había hecho que encerraran en la Casa Verde a un hombre que tenía con él una misma demanda, Coelho.
—¿No me dirán cuál es la locura de Coelho? —bramó Porfírio.
Y nadie le respondía; todos repetían que era un hombre perfectamente juicioso. La demanda, que tanto el barbero y Coelho tenían, acerca de unos terrenos de la villa, era producto de la falta de claridad de una cédula real y no de la codicia o del odio. Alguien con un excelente carácter, Coelho. Los únicos que no lo estimaban eran algunos sujetos que, llamándose taciturnos o declarando andar con prisa, apenas lo veían de lejos, doblaban a la otra calle, entraban a las tiendas, etc. En verdad, él amaba la buena plática, la plática larga, degustada a grandes sorbos, y así nunca estaba solo, prefería a quienes solo decían dos palabras, pero no desdeñaba a los demás. El padre Lopes, que estudiaba a Dante y era enemigo de Coelho, nunca lo veía alejarse de una persona que no declamara y enmendara este fragmento:
La bocca sollevó dal fero pasto
Quel “seccatore”
Pero unos sabían del odio del padre y otros pensaban que se trataba de una oración en latín.
Apóyanos
Adquiera la versión original impresa o digital de El alienista de Machado de Assis, traducida por Pablo Alejos Flores. Disponible en Amazon a través de este enlace.

